La despedida de Paula



Sabía que no debía hablarle, que no debía de tropezar 348 veces en la misma piedra y, sobre todo, sabía que no serviría de nada.

La teoría Paula se la sabía al pie de la letra y, sin embargo, estaba deseando hacerlo. Casi tres meses hacía que no le veía, casi tres meses que hacía que se despidieron en aquella casa, después de una magnífica noche, sin pensar que sería el beso de la despedida.

Un nuevo “me gusta” volvió a saltar. De Gerard, cómo no. No se perdía una de sus fotos y, sin embargo, no eran capaces de comunicarse con palabras. Sería simplemente un enamorado del arte y la fotografía.

Y cuánto más tiempo pasaba, menos entendía Paula qué le habían hecho aquellos ojos, que insistían en permanecer en su cabeza. No podía olvidarle, pero la mataba vivir con su recuerdo, sentir que sus manos volvían a tocarla y su mirada penetraba en sus ojos, y aparecía aquella piel de gallina que sólo él sabía conseguir sacar. Y, entonces, despertaba, y él no estaba al otro lado de la cama, sino donde siempre estuvo desde el primer cruce de palabras: a un millón de años luz de ella.

Estaba cansada de escuchar a la gente decirla que no se preocupase, que le iba a acabar olvidando, que siguiese con su vida, que pronto ni siquiera se acordaría de él. Paula ya sabía eso, pero no lo hacía menos doloroso. Su cerebro ya había empezado a olvidar recuerdos de su abuela, ¿cómo no iba a borrar el resto? Paula era fuerte, independiente y valiente. Daba igual el obstáculo que la vida le pusiese delante, ella lo cogía en brazos y acababa con él. Y ahí estaba, el obstáculo de Gerard plantado delante suyo, haciéndose cada segundo más grande, impidiendo que Paula siguiese avanzando, porque había dejado de querer hacerlo. Prefería quedarse sentadita, en medio de la nada, esperando, pero esperando algo que jamás llegaría, y en el fondo de su corazón ella lo sabía. Sabía que tenía una niña, un trabajo, mil cosas por hacer y trescientas tareas pendientes, pero no, no quería salir de la cama, no quería levantarse a hacer comidas, no quería ver a nadie, ni siquiera quería hablar. Hasta la persona más alocada y sonriente, puede tener un mal día cuando se desgarra por dentro. De todas las cosas que le podían venir, al final Gerard era su talón de Aquiles.

Y entonces lo vio, algo para lo que no estaba preparada, y se dio cuenta que ella estaba estancada, pero el resto de la gente seguía su camino, ni la vida ni la gente se detenían por mucho que ella lo hiciese. Y empezó a abrir los ojos, y a darse cuenta de que sus sentimientos no iban a cambiar, que no podrían siquiera ser amigos porque ya era tarde para eso, que deseaba que le pasasen cosas increíbles y sobre todo, quería que fuese muy feliz, que alguien le volviese a sacar ese brillo en los ojos que Paula pudo llegar a percibir levemente en algún momento, pero había cosas que se dio cuenta que no sería capaz de ver. Paula no pudo abrir el corazón de Gerard para poder entrar y, en cambio Gerard, se ha quedado con el de Paula.

Sin pensárselo dos veces y con lágrimas en los ojos se fue, para dejar de tentar, para dejar a Gerard vivir libremente tal y como quisiera hacerlo.

Si se reencontrasen, ¿podría mirarla a los ojos y decir que no la ha echado de menos? Paula nunca lo sabrá.

Hoy Paula suelta la pluma y deja de escribir. Un corazón roto debe descansar.

Seguiremos con la lucha que empezaron otras

“Si te tira del pelo o te hace de rabiar es que le gustas” “¿Dónde vas con esa ropa? Parece que vas provocando” “ Tía qué borde, sólo quería quedar, como estabas soltera…” “¿Por qué sales a la calle, por qué te manifiestas? Al hacerlo, tú misma estás diciendo que eres diferente. Si quisieses igualdad no te manifestarías…”

¿No estáis cansados de tantas y tantas frases, del día a día, tan absurdas como estas? Paula sí, mucho.

Hoy, 8 de marzo, Paula no se manifestaría en la calle, no por falta de ganas, sino por las circunstancias en las que nos encontrábamos mundialmente. Pero, como cada año, se haría oír más que cualquier otro día. Gritaría desde casa, sí, pero ni una pandemia mundial, le mantendría la boca cerrada. Porque se lo debía, se lo debía a todas las mujeres: no rendirse, no callarse, no agachar la cabeza y mirar a otro lado. No podía hacer nada de eso por ellas.

Por todas aquellas mujeres de nuestro pasado que lucharon sin rendirse para conseguir tantos derechos que tenemos ahora: por aquella primera mujer que voló una avioneta, la primera mecánica, o a aquella loca que se le ocurrió ir en contra de los vientos y subirse a un formula 1. Por todas ellas, que nos han ido abriendo camino en esta sociedad machista.

Por todas aquellas que ya no están con nosotros, porque, aun NO habiendo machismo, su marido, pareja o ex pareja, las ha matado por violencia machista, porque sí, señoras y señores, en su mente retorcida, tienen todo el derecho a hacerlas daño, porque son de su propiedad, y si no quieren ser suyas, no serán de nadie, y mucho menos felices. A ellas, que el año pasado nos abandonaron 45 mujeres, 45 en un solo año, por una sola razón. 45 fallecieron pero, ¿cuántas mujeres estarán ahora mismo, mientras que tú lees esto, encerradas en el baño llorando, en un hospital ingresadas por una brutal paliza, en una comisaría poniendo una orden de alejamiento, o cumpliendo órdenes de la mejor manera posible, para que no se enfade y asuste a su hijo por sus gritos? La respuesta no tiene número, porque hay mujeres que lo llevan en secreto, que pasan por ese infierno solas, pero estoy convencida de que, si lo hubiese, asustaría, y mucho.

Por todas aquellas mujeres que no salen por la noche solas, a las que salen pero van mirando a todas partes, asustadas, hablando por teléfono para sentirse más seguras, hasta llegar a su destino, sanas y salvas. A las que se visten como les da la realmente gana y tienen que aguantar todo tipo de comentarios blasfemos, repugnantes y sucios, porque “van provocando, y si no quiere que le digan nada que no se vistan así”, porque, por supuesto, una minifalda o un escote, le dan a un hombre el derecho humano de hacer lo que le venga en gana, sea lo que sea, quiera o no la otra persona, a la cual, por cierto, no conoces de nada o sí, que sería mas vomitivo todavía, porque, aunque no os lo creáis, una mujer se pone guapa para ella, no para que la violen en mitad de la calle y la intenten meter mano a la primera de cambio. A las mujeres solteras, que están solteras porque les da la gana, y que estén solteras, escuchad muy atentos que os vais a sorprender, no significa que quiere con todo y cada uno de los que le hablan para llevársela a la cama. Alucinante, ¿verdad? Pues realmente es cierto. Qué sinvergüenzas…. estas mujeres, de verdad, encima de que te acercas por ella, para darles placer, que les envías fotos de tu maravilloso amiguito sexual, sin saber siquiera si ella está interesada ni siquiera en tener una conversación contigo, y encima te ignora, incluso puede ser que hasta se lo tome mal…Desagradecidas… Las mujeres son unas desagradecidas.

Por cada una de las mujeres: trabajadoras, libres, independientes, luchadoras, solteras, en pareja, casadas, con hijos, sin hijos, estudiantes, creyentes y ateas, a las que le sobra el dinero y a las que no, las forofas del fútbol, las que meditan y las que su mayor afición es la cocina, a todas, a todas y cada una de ellas. Porque todas se merecen la igualdad, la igualdad realmente: en un trabajo, en casa, en la calle, en el instituto…

Por su hija. Odiaba demasiado esta sociedad, de gente inhumana, de cínicos, que iban con la cabeza bien alta creyéndose las mejores personas del universo, y si Lucifer existiese y se dedicase a castigar, estarían los primeros en su lista. No podía quedarse de brazos cruzados, mirando a otro lado y enseñando a su hija que eso, eso que veía todos los días en cada lugar, era lo normal. No podía irse de este mundo, dejándola sola ante tanto infierno. Al menos tenía que enseñarla que no es así, que las cosas tenían que cambiar, que ella tenía todo el derecho a ir sola por la calle sin miedo, a vivir sola sin necesitar a nadie, a estar con alguien que le trate bien, le respete y no le quite su libertad, y a huir de gente que no sepa tratarla como se merece.

Y, por supuesto, lo hacía por ella. Porque ella era mujer, madre, soltera, trabajadora, y con suerte, de seguir con vida y poder manifestarse. Porque toda mujer ha pasado por escenarios machistas, y Paula no iba a ser menos: se metió en un módulo de “hombres”, trabajó en una empresa que se dedicaba a un trabajo de “hombres”. Si Paula hubiese hecho caso a sólo uno de los comentarios que escuchaba de la sociedad en general, Paula hubiese tirado la toalla, no hubiese estudiado lo que estudió, no hubiese cogido ese trabajo que tanto adoraba realizar, y se hubiese dedicado a cualquier otra cosa, pero ¿hubiese sido tan feliz como le hacía ser esas clases o ese trabajo?Claro que no.

Estuvo 10 años creyéndose culpable y sintiéndose sucia, porque, con15 años, alguien inhumano pasó una foto suya que no tenía que haber pasado. Cada comentario que le decían, cada mirada de asco o cada risa cuando pasaban por su lado, fueron empequeñeciéndola poco a poco, haciéndola sentir culpable, mientras, que la persona que hizo daño e hizo mal, era un héroe, la gente le aplaudía por lo que había hecho, increíble, ¿no? Pasaron 10 años hasta que se dio cuenta, que, por mucho que dijeran lo contrario, no había sido ella quien hizo algo mal, ella no hizo daño a nadie, ella no le perdió el respeto a nadie, ella no anuló la intimidad de nadie, 10 años hasta que consiguió liberarse de esa carga.

La maltrataron psicológicamente. Sí, no la pegaron una paliza, no la dejaron moratones en la cara, es cierto, pero la destruyeron día tras día, la enjaularon, humillaron, tratado de criada, aprovechado de ella y de su dinero. Vivía infeliz, triste, acobardada, con miedo a decir algo por si le sentaba mal y la discusión que podría ocasionar.Todo ocurría por su culpa, no podía hacer nada sola, ni con amigos, siempre tenía que ir con él. Se fue quedando sola, se salió con la suya, y Paula no lo vio, porque, por supuesto, toda razón era : lo hace porque me quiere, es normal su actitud, es un poco protector. Abrió los ojos y huyó, creyendo que por fin se acabaría esa pesadilla y empezaría de cero, hasta que se dio cuenta, que si un loco no quiere, no le va a dejar en paz nunca.

A día de hoy Paula vive sola, con su hija, su trabajo y su dinero para ellas solas. Es feliz. Por fin ha recuperado todo lo que perdió, el coste por su libertad. Y, aunque sigan intentando empequeñecerla, manipularla y acosarla, no podrán volver a enjaularla.

Hagamos un favor al mundo, y enseñemos que estas situaciones, que a día de hoy es la normalidad, no lo son. Enseñemos que tienen que ser la excepción de gente mala que no debería existir.

Y, a todos aquellos hombres, que creen en la igualdad, que nos respetan y valoran en todas y cada una de las situaciones, gracias, de verdad, gracias. Porque esta sociedad ciega y sorda, necesita aprender mucho de vosotros.

La carta que nunca deberías leer

Y digo yo, ¿por qué me sigue haciendo daño? ¿Por qué sigo cada día con esa esperanza de que algún día dejes a un lado esa cobardía y te atrevas a volver?

Ni yo me entiendo. No tiene ninguna explicación lógica que siga esperándote, y aún así, aquí estoy, con la puerta demasiado abierta, con carteles luminosos por si, si decidieras regresar, no tuvieses opción humana a perderte. Demasiado fácil todo, ¿no? Pero, sé que se acabará cerrando, que el día menos pensado, daré cinco vueltas a la llave, y cerraré tres candados más, por si acaso, y entonces ya, será demasiado tarde, y será una pena, porque fue real, lo que hemos vivido fue real. Dos personas que sin tener nada en común pudieron entenderse tan bien.

Una gran complicidad que nació de la nada nos fue uniendo. No había nada forzado, tú con tus tonterías y ronquidos, yo con mis payasadas y mis piruetas mientras dormíamos. Salía sólo y éramos felices, y sonreías, y a mí no me podían brillar más los ojos. Y de repente, todo terminó. ¿De verdad sólo lo viví yo? Menuda imaginación tengo para verlo tan diferente de la realidad, ¿verdad?

Y aquí estamos, sabiendo cada uno la vida del otro y, sin embargo, sin preguntarnos siquiera qué tal estamos.

Me propuse irme, y no insistir más. Valorarme y respetarme como persona y no conformarme con un trocito de ti y de vez en cuando. Me propuse sólo llevar serpientes tatuadas, y no parecerme a ellas y dejar de arrastrarme para nada.

Y no es que me lo crea, que me crea una reina maravillosa que se siente que está en lo más alto del podio, no. Pero sé que me echas de menos, sé que tus manos se mueren de ganas de tocar mi cuerpo, tus labios están deseando besarme, tus ojos lo que quieren es verme en tu cama, y quedarse empanados mirándome, como hacían antes, y tú, tú tiemblas sólo con imaginarte comiéndome, devorando cada trocito de mi piel, ¿me equivoco?

Te echo de menos cielo, no sabes cuánto, y no me da miedo decirlo. Sabes que no necesito a nadie en mi vida, sabes que mi independencia la valoro mucho y estoy muy bien, y sabes que no lo echo en falta. Porque no echo de menos follar, ni me apetece siquiera, pero sí echo de menos follar contigo, que termines encima mía empapándome con tu sudor. Porque no echo de menos un abrazo, ni una caricia, ni dormir con nadie. Lo que echo de menos, Gerard, es dormir contigo, abrazada a ti toda la noche y que, por la mañana me despiertes con uno de tus besos. Echo de menos hasta el Nesquik del desayuno, porque ya formaba parte del plan, de ese maravilloso día de la semana.

Y aquí termina, esta carta que nunca leerás, y ,que si la leyeses, tampoco cambiaría nada.

Es mi momento, por fin todo va bien. Después de tanto esfuerzo a cuestas se va viendo su fruto, y me faltas. Me falta compartir todo esto contigo, que estés aquí, en mi mejor momento, a mi lado, pero no estás.
Desde la distancia sabes que te deseo lo mejor, y que seré un poquito más feliz con cada cosa buena que te pase. Vive la vida, no temas por hacerlo. Haz lo que sientas en cada momento y arrepiéntete de lo que hagas, no de lo que dejes por hacer.

Sabes que te quiero, y eso no va a cambiar.

Hoy duele, pero toda herida se cura

Hoy Paula cierra una etapa más en su vida. Gerard se ha ido, para no volver. Palabras que retumban en su cabeza a cada segundo que pasa.

Y, aunque sabe que de este golpe saldrá, que no es otra cosa que una piedra más en su largo camino, y que lo importante ya lo tiene y mil cosas buenas están aún fuera esperando a ser encontradas, no es capaz de remediar sus lágrimas ni de evitar sentir que una parte valiosa de su alegría se ha volatilizado.

Lo que más le duele a Paula es saber que merecía la pena, que por primera vez en mucho tiempo le salía dar, que Gerard ha podido conocer a Paula tal y como es, algo que la mayoría de la gente de su alrededor no podía decir, que Gerard merece la pena, y ella, aunque le saliese dar todo, no era lo que necesitaba.

Y, por mucho que duela, todo tiene un final, y cuando ya no se puede dar más y esa puerta sigue manteniéndose cerrada, no queda otra que dar media vuelta y seguir por tu camino.

Paula necesita desaparecer por un tiempo, asumir que el “all in” terminó con la partida, y cuando deje de ser de cristal, volver tan guapa y fuerte como siempre.

Pero, antes de irse, necesita soltar todas las palabras que dedicaría a Gerard, y que cuando tuvo la oportunidad de hacerlo, se quedó muda:

“Entraste en mi vida por casualidad, y aunque no coincidimos en el momento preciso, no pude resistirme a esa mirada. Tú me atrapaste con tu alegría, tu forma de ser, tu tranquilidad y tus chistes exageradamente malos. Pasara lo que pasase, estuvieras lo cansado que estuvieses siempre tenías una sonrisa que mostrar al mundo. Y no has podido regalarme más sonrisas y buenos momentos en este tiempo. Que no hay día que quedásemos que lo recuerde como un día malo, que todos tienen miles de buenos recuerdos, así que gracias, porque eso es lo que me llevo, y eso nadie me lo arrebatará de mi memoria.

Quiero que sepas que vales la pena, que eres una persona increíble, y que te lo creas de una vez, que si tienes a tanta gente a tu alrededor que se queda contigo, no es por obligación, es por ti, porque tú te mereces eso y más.

Te di lo que yo podía ofrecerte, cada día desde que te conozco, un poquito más cada día hasta que te ofrecí todo, pero no era lo que necesitabas, y por eso hoy te vas. Aún así, no tengo otras palabras que de agradecimiento hacia ti. Conocerte me ha demostrado que hay gente fuera que vale la pena, que piensa decentemente y que te hace reír, que hace las cosas bien y es sincera, gente necesaria en este mundo. Espero que encuentres en esta vida lo que necesitas y vivas sonriendo a cada segundo. Lo siento mucho, me hubiera gustado romper esa coraza, pero no fui capaz, pero es cuestión de tiempo, estoy convencida de que aparecerá alguien que en cuestión de segundos la rompa. Sé que te costó despedirte, irte, porque sabías lo que eso significaba, pero tomaste la mejor opción y no tienes que estar preocupado, yo estaré bien y siempre que me necesites estaré ahí apoyándote. Me importas mucho, es algo que ya sabías, y lo que quiero es que estés bien aunque tenga que ser sin mí.

Y me da pena ser tan cobarde, porque todas estas palabras debería haber sido yo quien te las dijese en persona cuando pude hacerlo, pero no me salió la voz. Y sé que no te llegará, que no verás este mensaje nunca, que se quedará guardado en secreto entre espacio y espacio de cada palabra escrita aquí. Así que puedo despedirme anchamente diciéndote lo que mi corazón siente: si en cualquier momento de tu vida te entrase la más mínima duda, no te lo pienses dos veces, por favor, vuelve a mí, el hueco lo tienes.”

Te miro y tiemblo

“Te miro y tiemblo”. Paula estaba escuchando esa canción y se quedó clavada pensando en aquella frase. Sí, era justo lo que le pasaba, era mirarle a los ojos y transformarse en un flan.

Así era Paula, ya la conocemos, una chica de impulsos, que si sentía algo, bueno o malo, le gustaba hacerlo intensamente. Y era inevitable, estaba completamente idiota, feliz, pero idiota. Iba por la calle y sacaba su amplia sonrisa y su brillo en los ojos si recordaba algún instante o conversación con Gerard, por muy estúpida que fuese la escena. Hacía mucho que no tenía esa sensación en el cuerpo, ¿las famosas mariposas? No lo descartaba, ya no se acordaba de lo que era eso.

Pero, por muy feliz que estuviese, por dentro se encontraba tiritando, no podía tener más miedo. Sabía que sólo los tontos corren demasiado rápido y ella había ganado todas las carreras con diferencia. Sí, se encontraba tan bien que se dejaba llevar, tanto, que sabía que le dejaba atrás en el camino y, si no quería huir, la única opción sería esperarle, si él quisiera llegar hasta Paula.

Quería disfrutar de esas sensaciones que sentía, de lo bien que se encontraba y, en cambio, por otra parte, se pensaba que se había creado su propia historia en su cabeza, que nada era como ella lo veía, que desde fuera era todo muy diferente, y que se estaba equivocando y lo mejor que podía hacer era escapar.

Porque Paula, en todo este tiempo, había aprendido muchas cosas, había mejorado como persona, se quería más a sí misma, sabía rectificar y valorar sólo lo que era importante, pero su cabecita loca pensante no cambiaría jamás, y ahora era un montón de dinamita a punto de estallar.

Así que sí, esta vez cambiaría su táctica. No quería perder lo que fuese que había, por muy poco que fuera, merecía la pena, a día de hoy, por tantas sonrisas que le sacaba. Se calmaría, disfrutaría y dejaría de pensar, usando su cabeza para recordar cada segundo que vivían juntos.

No iba a perderse esos momentos que le encantaban: despertarse antes que él para verle dormir, escuchar sus chistes malos, cómo utilizaba las onomatopeyas para contar sus historias, disfrutar de sus momentos buenos y abrazarle en sus momentos malos. Y, por supuesto, le encantaba que le erizase la piel con cada caricia de sus dedos, porque, como dice la canción: le miraba y temblaba.

Buenos días

Abrió medio ojo. Allí seguía esa rodilla hincándose en su pierna y había vuelto a destaparla. No le importó, aquello era felicidad, no podía ser otra cosa.

Notó cómo le acariciaba la cara con cariño. Quería despertarla y ella le siguió el juego haciéndose la dormida. Sabía cómo empezaría aquella mañana y estaba encantada.

Siguió acariciándola y bajó por el cuello, despacio, sin ningún tipo de prisa, dejando un rastro de piel erizada por cada zona que tocaba. Estaba consiguiendo lo que quería: que el cuerpo de Paula reaccionase, así que siguió con su ruta.

Bajó por su brazo, llegando hasta la mano, cogiéndola y acariciando cada uno de sus dedos. ¿Podía haber mejor forma de despertar a alguien? Diría que no.

Volvió a subir hasta el hombro, para coger otro camino y llegar hasta sus pechos, acariciándolos por encima de la camiseta que llevaba puesta, su camiseta, esa que le quitó para dormir, para dejarla impregnada con su olor.

Sabía que era la hora, la hora de abrir los ojos y que disfrutasen los dos. Se giró hacia él y le miró a los ojos, empezando a acariciarle también.

Gerard sonrió, se acercó un poco más a ella, y mirándola a los ojos le dijo: “Buenos días.”

Lo que necesitaba

Aquella chica que pedía a gritos mudos un hombro en el que apoyarse para no resbalar, en el que ver que no todo estaba tan mal, y que era sólo que su cabeza necesitaba descansar, un hombro para saber que podía contar con alguien, alguien que no la juzgase, que la entendiese y que la escuchase, alguien que la dijese: “grita, yo estoy aquí, y yo gritaré contigo”.

Aquella chica era Paula, la chica que, uno de sus mayores defectos, era que siempre estaba por y para los demás, que siempre estaba alegre y sonriente para todo el mundo, y que se cobijaba en los problemas de los demás para no sacar a la luz los suyos, pero cuando salían, Paula era una bomba, la más dañina de todas, que podía explotar en cualquier momento y en cualquier dirección, y nadie estaría a salvo de ser lesionado.

Y estaba muy bien eso de ayudar al prójimo, pero, ¿qué había de lo que quería Paula, de lo que necesitaba?

No tenía ni idea de lo que quería, de lo que realmente le valía para estar bien al completo. Pero sí tenía muy claro que no quería revivir nada de su pasado, viviría con muchas secuelas que iría arrastrando. Había sonreído poco y callado mucho, pero eso, poco a poco, lo iba rectificando.

Se dio cuenta de que todo lo que necesitaba para ser feliz lo tenía ella misma, que no necesitaba nada de nadie, y que quien entrase en su vida, fuera de la forma que fuera, era porque le ofrecía lo que Paula necesitaba, nada malo todo bueno, no se iba a conformar con menos, ya no.

No quería etiquetas, no quería dependencia, pero tampoco quería tener menos de lo que a ella le salía ofrecer, no quería volverse loca cada vez que se le juntaba todo por no saber qué pensaba el otro lado de aquella cama. Quería tranquilidad, dejar de tener que inventarse los pensamientos de los demás, quería escuchar ciertas palabras que no sabía si llegarían, aunque sea contradictorio viniendo de Paula, una persona que expresaba sus sentimientos a través de palabras y textos. Paula sólo quería calma en su vida.

Y esta noche, tumbada en su cama, sólo se preguntaba: “¿Dónde está ese hombro que tanto necesito ahora?”

De ti aprendí

De ti aprendí a saber valorarme, a creer que si quiero algo, sólo está en mí poder conseguirlo. De ti aprendí a mirarme al espejo y ver a la chica más guapa de la ciudad, porque, ya te encargabas de decirme a mí y a los demás que no había niña más guapa, inteligente y buena que yo, aunque fuese un trasto y pareciese que mis orejas me fuesen a sacar volando de la casa…Daba igual, a ti te daba igual y tu forma de mirarme hacía que yo me viese la chica más maravillosa del mundo.

Contigo aprendí a mentir y a tener secretos con mamá, a hacer trapicheos a escondidas y a llevarme recompensas por ello, eso sí, todo legal.

Pero también me enseñaste a tener velocidad, a ser más rápida cada día, y a ayudar en casa, recogiendo la ropa lavada antes que tú, para no encontrarme mis pantalones rotos, cosidos; a hacer mi habitación antes que tú para que no me desapareciesen mis cosas con tanta limpieza.

Aprendí tantas y tantas cosas en esos 22 años. Tú me enseñabas matématicas, ¡ay! La de medusas que hemos contado en esos paseos a las siete de la mañana, porque, ¿para qué jugar a “coche amarillo” habiendo medusas?

Contigo aprendí que la canción de: “me duele la cara de ser tan guapo” tiene mucha razón, si no que se lo pregunten a mis mofletes cuando me saludabas.

Pero fui creciendo, y me enseñaste más cosas. Aprendí que el maestro siempre tendrá más fuerza que el alumno, y que jamás pude ganarte un pulso, ni ibas a dejarte ganar por nada, si quería algo, tendría que conseguirlo yo misma. Aprendí que a las niñas buenas les hacen cosquillitas en la espalda hasta quedarse dormidas; que la jardinera eligió como la mejor rosa a esa que se vestía del color que se le antojaba, esa que siempre llevaba mi nombre; que el dedo pequeñito es el que se come el pan, ese a por el que fue a buscar el dedo gordo; que si estás haciendo botas, tienes que tener cuidado con el cuchillo…y con las pelotas;a cascar huevos, y, por supuesto, que el domingo se casa Perico con aquella mujer cascabel.

Contigo aprendí a jugar al tute, al cinquillo y al parchís, y todas las trampas que se pueden llegar a hacer en una sola partida.

No te dio tiempo a enseñarme a cocinar, pero sí aprendí que si vamos a comer tres, saldrá comida para diez, porque: “¡No vaya a ser que alguien se quede con hambre!” y eso… no puede ser, no. Y aprendí cuál fue siempre tu ingrediente secreto para todo: el amor. Todo lo hacías con amor, y tu mirada lo decía. Que por muy cansada que estuvieses siempre estabas donde tenías que estar, y que si tu nieta tenía dos décimas de fiebre y te enterabas, daba igual que te tuvieses que coger un autobús, un tren y otro autobús, en tres horas estabas aquí para ayudar, y nunca nadie te lo ha agradecido, ni tú esperabas que lo hiciesen, lo hacías y punto.

Contigo aprendí a levantarme de la cama en cuanto me despertaba, sin remolonear. Era abrir los ojos y ver a centímetros mía tus pies, y no esperar más tiempo para levantarme. Y ahora mi hija hace lo mismo y duerme al revés, seguro que tú tienes algo que ver.

Contigo aprendí lo importante que es el tiempo, y que hay que desgastarlo de la forma en que se tenga que hacer pero sólo por las personas que merecen ese tiempo.

Contigo aprendí a que lo poco que se tiene y cuando se tiene, la mejor forma de derrocharlo, no es en una bonita falda para ti, sino en gastarlo en los demás. Tú me enseñaste a ser así y me alegro por ello.

También aprendí a ser fuerte, a llorar a escondidas y, a la vez, tener la sonrisa para todo el mundo, a construir aquel muro que no dejaría pasar a cualquiera pero, quien pudiese entrar, era porque valía la pena.

Y, por último, por ti aprendí lo mucho que se puede echar de menos a alguien.

A ti, a mi guerrera y luchadora. A mi gran abogada y defensora durante toda mi infancia y adolescencia. A mi compañera de paseos y compras. A la mejor tramposa que he conocido. A ti, a mi chica favorita. No te irás de aquí si tu recuerdo permanece, y de eso, me encargo yo.

Cabecita loca

Paz. Eso era lo que transmitía Gerard. Pasar tiempo con él era estar ese rato tranquilo, ignorando todos los problemas de fuera, te contagiaba de esa paz. No era una persona que le gustase discutir,huía de eso, le gustaba más hablar y, si no servía de nada, tomaba decisiones en silencio.

Sí, decir que Gerard era una persona tranquila sería la mejor forma de describirle, pero no era su única virtud.

Que fuese tranquilo no implicaba que fuera aburrido. Ni mucho menos. Era un cabecita loca. Tanto le daba estar en una boda con su barra libre que en un parque sentados charlando, Gerard siempre haría ese tiempo divertido: con sus bromas, sus canciones, sus bailes o sus anécdotas. ¿Tendría que ver esa parte andaluza que corría por sus venas? Quién sabe, pero Gerard era diferente.

No era alguien que quisiese destacar,no. Le gustaba vivir tranquilo y sin preocupaciones. Había sufrido, todo el mundo tiene su pasado, pero él no dejaba que viesen su pequeña coraza. Para destruirla sólo necesitaría a alguien como él, que confiase en él y se lo demostrase con hechos y no sólo con palabras, que le diese su espacio y le dejase tranquilo pero que estuviese ahí para lo bueno y lo malo, que le entendiese, alguien que con la mirada le dijese lo mucho que vale.

Gerard: una persona que disfrutaba de su libertad, cuidadoso con la gente que le importaba e indiferente con la que no, un auténtico lobo, alguien que era detallista pero sólo cuando y con quien le salía sin pensarlo, dulce, cariñoso, divertido, alegre, alguien que le apetecía vivir y disfrutar de la vida, una persona normal, simple, del montón, y a la vez, una persona completamente única.

Aquel día

Viva, Paula se sentía viva. El mundo entero se desmoronaba, todo su alrededor se iba haciendo añicos a cada paso que daba y, cuando encontraba una solución para algo, se despedazaba otro pilar de su realidad.

Pero le daba igual. Se sentía feliz, alegre, y nada podía ocurrir para que no le sacase una sonrisa a las malas noticias y se enfrentase a ellas de buen humor. Hacía mucho que no se sentía así, tan llena de vida.

Un buen día, de esos que apetece recordar cada detalle en los siguientes doce días, y Paula no iba a consentir que las malas noticias acabasen con su momento de recordar aquel día, no, aún no había llegado ese día doce.

Así que cantaba, bailaba, y sonreía a cada movimiento que hacía, dejándose llevar por el disfrute de aquel recuerdo, ese que tanto se merecía .

Aquel día no hizo nada fuera de lo común, pero para ella fue especial. Se sintió tranquila, disfrutando del paisaje y de cómo volaban las horas. No paró de reír, de ser ella misma, por un día no se cohibió, habló y preguntó lo que se le pasaba por la cabeza, cantó como una loca sus canciones más llamativas, incluso se atrevió con alguna en inglés. Aquel día Paula no tenía filtros, no tenía vergüenza, sólo hacía lo que tenía ganas de hacer en cada momento sin pensar en nada más.

Y eso hizo, disfrutar de cada caricia, de cada beso, de cada mirada y de cada sonrisa que Gerard le estaba ofreciendo aquel día. Aquel día no quería más, al día siguiente ya empezaría a poner soluciones a los problemas de su alrededor pero, aquel día, aquel día era sólo de ellos dos y nada iba a estropearlo.