Como una jarra de agua fría

Como si le hubiesen tirado una jarra de agua fría en la cara… Esa sensación se le quedó a Paula al salir de aquel lugar. ¿Cómo podía haber estado tan ciega? No lo vio, y ahora, las consecuencias de no haber escapado a tiempo, no sólo repercutían en ella, también en una pequeña inocente que no había decidido nada de esto.

No, no era momento de llorar, ya tendría tiempo de hacerlo más adelante. Era tiempo de actuar, por cada minuto que había dejado pasar parada, esperando a que la situación mejorase por sí sola, consiguiendo que sólo fuera a peor. Se lo debía, se lo debía a ella, sí, era cierto, nadie tenía que aguantar eso, nadie tendría que ocultarse e ir con miedo de futuras reacciones, nadie, y menos alguien que había comprendido lo que significaba la palabra libertad. Pero no sólo lo haría por ella, sobre todo lo haría por Leire: “él cree que actúa bien, que su forma de ver las cosas es lo normal y la adecuada, y lo que te hizo a ti, lo que hizo que tú vieses normal cuando no lo era, lo hará exactamente igual con Leire”. Aquellas palabras de esa joven mujer no paraban de resonar en su cabeza. No, por ahí no pasaría, con Leire no haría lo mismo que con ella, y sería capaz de dar cualquier paso que tuviese que dar con tal de evitarlo, pero su pequeña princesa no tendría que pasar por esos ideales si ella podía hacer algo.

Cuando cerró aquella puerta y dejó a esa mujer atrás, se sintió ridícula, estúpida, una auténtica ignorante. Todo este tiempo pensando que ella tomaba sus propias decisiones, y resultaba ser todo lo contrario. ¿ Cómo ver la manipulación en los ojos de un hombre que todo lo que hace es porque se preocupa por ti, en la sonrisa de alguien que está contento porque has tomado la mejor decisión que podías tomar, la que él te ha aconsejado, o en las palabras de alguien que te dice que lo que hace es porque te quiere? ¿No suena claro? Pues viviéndolo día tras día, no. Pero lo único que había que hacer es abrir los ojos, recapacitar y pensar en cada situación vivida, y así, darse cuenta de que, de todo eso, nada debería ser lo normal, y nadie tiene por qué aguantar algo que no quiere en su vida. No debería dejarse pasar, alguien así, con unos ideales tan claros no cambiaría jamás, y Paula no era psicóloga para hacerle ser otra persona diferente, no merecía la pena quedarse, pero le costó verlo.

No le preocupaba lo que aquella mujer le había dicho respecto a ella, al fin y al cabo, había aguantado mucho, sí, pero consiguió dar el paso, salir de esa jaula que tan encerrada la tenía y liberarse para seguir disfrutando de lo mucho que le quedaba aún por vivir, para todo había una solución y ella la encontraría, estaba segura de ello. Pero una cosa era lo que le tocaba a ella y otra muy diferente era si se involucraba a Leire. Era ahí cuando Paula no era débil, ni comprensiva, podríamos decir que ni siquiera humana. Sacaba todas las garras como si fuese un animal y luchaba en un duelo de vida o muerte, en el que no estaba dispuesta a morir. A una buena madre, es mejor no enfadarla.

¿Te arrepientes?

-¿Te arrepientes de todo el tiempo que has perdido?

Una pregunta que a Paula le hacían continuamente. Ella tardó en saber cuál era la respuesta exacta a esa pregunta, pues ni siquiera ella misma la sabía responder al principio. ¿sí?, ¿no? Siempre decía que en esta vida no había que arrepentirse de nada pero, ¿entonces por qué se sentía como si hubiese desaprovechado los mejores años de su vida, sin haber sido todo ese tiempo ella misma?

Con el paso de los meses, y disfrutando de cada día como nunca antes lo había hecho, con un reto nuevo cada día, se dio cuenta de algo. No disfrutaba como nunca lo había hecho por recuperar su tiempo perdido, sino porque su mentalidad, su idea de ver la vida, había cambiado. Y si había cambiado estaba claro que no había sido porque se levantó un día pensando de forma diferente. Si ahora pensaba diferente era por la carga que llevaba a sus espaldas, por todo lo que había vivido, que quería recordarlo siempre, que no se le olvidase nunca, porque, gracias a eso, Paula sabía lo que no quería volver a sentir más, lo que no quería volver a tener que contar más, no quería ese día a día en su vida, y eso, le había hecho cambiar y coger un nuevo camino en su vida.

-Si no hubiese perdido ese tiempo, no estaría ganando todo el tiempo que aún me queda en esta vida.

No me da igual

Aunque ella intentaba ocultarlo hasta que se enfriase un poco la situación, a Paula se le notaba que algo no le había sentado nada bien. Así era ella, su rostro no mentía, su silencio no se escondía, y sus frases cortas y secantes no dejaban duda alguna.

Luis no tardó en notarlo. Estaba tan frío con él, que tenía bien claro que a Paula no sólo le pasaba algo, sino que lo que le ocurriese tenía que ver con él.

-Te pasa algo, te lo noto. Cuéntamelo.

-Lo que me pasa es que no soy una piedra. Que yo tengo cabeza y, a veces, funciona. Le da por pensar, por sentir, por enfadarse y por molestarse por las cosas. Lo que me pasa es que no voy a estar de acuerdo con todas y cada una de tus acciones. Lo que me pasa es que hoy he bajado de la nube que me tenía a tres palmos del suelo. Puede sonar muy dramático pero, encantada, así soy yo. En mi vida he aguantado cosas que no me apetecía por el “y si”, por el “no pasa nada”, el “ya mejorará” o el “solo es un detallito, podré con ello”. Y no, me cansé de hacerlo y decidí que no iba a llevar en mis hombros ese peso de cosas que me sentaban mal y no decía y soportaba. Lo que me pasa es que necesito pensar en mí mil veces antes que hacerlo en los demás, y eso hago, pensar en mí. Ayer no pasé un buen día, mi cerebro no dejó de funcionar, no le daba vueltas a otra cosa que no tuviese que ver con ese tema.

Lo que quiero que entiendas es que nunca te he mentido, que lo que te he dicho desde el minuto uno sigo pensándolo. Ambos somos libres, vamos y venimos cuando nos apetece y disfrutamos según nos convenga. Y sí, así es, me da igual que te acuestes con una mujer diferente cada día, siempre y cuando estés como estás conmigo, dándome lo que me das, ni más ni menos. Pero una cosa no quita la otra. No me da igual tener que saber cuándo , dónde, cómo y con quién lo haces, porque tengas que publicarlo para que me entere yo y el resto del mundo. No, no me da igual, me molesta, me sienta mal y, me da hasta asco. Desde el primer momento he pedido equilibrio, y en esto no lo hay, porque tú no te enteras ni de los días, lugares, ni personas con las que me acuesto además de contigo, por respeto, por intimidad, por privacidad o por lo que quieras decir, pero no lo hago, y espero mínimo lo mismo que ofrezco. No te estoy diciendo lo que tienes que hacer, como siempre decimos, somos libres de decidir. Pero yo ya he decidido por mí, y es que, un día como el de ayer no tengo necesidad de volverlo a vivir. Me molesta y no lo quiero. Porque contigo estoy porque estoy muy bien, pero si dejo de estar bien, ya no estoy.

-Lo siento Paula, pero soy libre de poner lo que quiera cuando quiera, no tienes por qué molestarte.

-Lo sé, y en ningún momento te he dicho que no lo hagas, al menos no era mi intención. Pero me molesta, y no lo quiero, y no quiero que cambies por mi, pero yo tampoco voy a cambiar por ti. Dejamos de estar en equilibrio, y esos pilares tan fuertes que nos unían se irán derrumbando poco a poco. Todo tiene una solución, y los dos sabemos cuál es en esta ocasión.

-Ha sido un placer, Paula.

-Lo mismo digo.

Un recuerdo inmortal

No era una sensación de tristeza. Entendía que esas cosas pasaban todos los días, que era la rutina de esta vida: naces, creces, te reproduces y mueres. Nos lo enseñan desde pequeños para que nuestro cerebro vaya asimilándolo poco a poco, para poder estar lo más preparado cuando ocurra por primera vez.

No, Paula no sentía tristeza, pero sí añoranza. Ya habían pasado cinco años desde aquel día. Un día que tenía que llegar más temprano que tarde, pero que nadie quería reconocer que acabaría llegando, como si los abuelos fuesen las únicas personas eternas en este mundo, pero no, ellos también se van.

No era hoy un día diferente, cada día la tenía en mente, aunque se daba cuenta de que su silueta cada vez era más borrosa. Nadie quería sacar el tema, se había convertido en una especie de tabú, pero a Paula le daba igual, seguía nombrándola cada vez que ocurría algo que solía hacer ella o le recordaba por algo en particular a la alocada de su abuela. No quería olvidarla, quería vivir con sus recuerdos, protegiéndola en su cabeza. Sólo así seguiría viva con ella para siempre.

Paula no creía en el más allá, en el cielo y el infierno, ni en la reencarnación. Ella pensaba que una vez que te vas, te vas, y te vas para no volver más, para dejar que otros tengan la oportunidad de vivir también. Así que no tenía esperanza alguna cuando se ponía a escribir, o a hablar sola, de que alguien la escuchase, pero eso no quitaba de que siguiese haciéndolo.

Aún recordaba una de las últimas frases que le dijo: “hay tiempo para todo, no tienes por qué adelantarte, y si algo va mal, si hay algo que tienes y no lo quieres, no lo aguantes, vete. No estés donde no quieras estar”. Ahora, Paula, cada decisión que tomaba lo hacía en torno a ese consejo y, podría haber perdido muchas cosas, pero sin duda alguna era más feliz y alegre que antes, gracias a la sinceridad en los consejos de su abuela.

No pudo despedirse de ella, no pudo estar ahí en ese momento, y a día de hoy no se lo perdona, no se le va la sensación de haber podido hacer más por agarrarle la mano por última vez. Cuando quiso ir ya era tarde, su mano ya estaba fría y su alma había cerrado los ojos, para no abrirlos ya más.

No era una chica que mostrara sus sentimientos a la gente, era más de guardarlo para ella, y de ir sacándolo todo poco a poco a través de las letras.

Nostalgia, el sentimiento más destructivo que el ser humano puede sentir. Poder ser capaz de dar cualquier cosa sólo por volver a ver a alguien diez minutos más, por poder sentir una vez más el calor de unos brazos tras la espalda, y saber, que por más que se desee, nada se puede hacer. Porque sí, las cosas imposibles existen, y esa era una de ellas.

¿Qué me ves?

-Pero, ¿qué me ves? Soy un chico sencillo.

-Tú sólo te has dado la respuesta: sencillez.

-Vaya…así que no tengo nada. Soy un chico simple, del montón. Pensaba que eras de las que tenían aspiraciones altas y no se conforman con cualquier cosa.

-Y así es. Creo que no entiendes mi significado de sencillez, pero eso tiene fácil solución: te lo explico. Sencillez: no me das problemas, haces mi alrededor más fácil. Sí, eres simple, del montón, pasas inadvertido para mucha gente y para otra mucha eres necesaria en sus vidas. Pero tienes las ideas claras, no cambias de opinión según el día que sea, así que se hace muy fácil entenderte.

Eres sencillo, y no es lo único maravilloso que te acompaña, por lo que seguiré con mi discurso. Los pilares de tu forma de pensar son fuertes, son tuyos y no tienen que cambiar por nada ni nadie, y eso me encanta. Puedes estar hundido por dentro, triste o con la cabeza en otra parte, pero siempre encuentras una excusa para sonreír, para dispersarte de tus problemas y hacer reír a la gente, es tu forma de huir por un instante de tu cerebro, tu pequeña coraza que te hace escapar. Cuando se te mete algo en la cabeza no paras hasta dar con una solución, encontrarlo o probarlo para luego decidir si seguir o no. Y cuando tienes que ponerte a hacer algo rutinario, como ducharte o hacer la comida, lo haces, sí, pero media hora después de haberlo dicho porque, antes de eso, te pondrás a hacer mil cosas más, porque no paras quieto, porque eres un torbellino sin frenos, y eso me hace reír. Porque, eres tan sencillo para mí, que lo que tú mismo consideras que son tus defectos, son cosas de ti que me divierten, me gustan, y hacen que te vea más interesante y único. Me apeteces a todas horas. Me apetece follarte en cualquier momento del día , me apetece reírme con tus tonterías y me apetece quedarme a dormir contigo, robarte la sábana y quedarme toda la noche acurrucada en tu pecho para que no cojas frío. Me has enseñado a vivir la vida disfrutándola, y no sólo paseando por ella. Contigo no tengo esa sensación continua de tener que saber a cada instante qué piensas de mí: si te gusto, si te cansa mi forma de ser, si te aburro… Sé que lo que pienses me lo dirás, y es un gran alivio. He perdido el miedo a los finales, ya no pienso en cuándo ocurrirá, sólo disfruto del tiempo que tengo, el mañana ha dejado de importarme. Y es que, lo mejor de estar al mismo nivel, es que ambos entendemos que no hemos firmado un pacto con el diablo, que seguimos siendo dos águilas que vuelan en libertad, que no tienen ningún deber, ni ninguna obligación de quedarse en el mismo punto, que pueden alzar sus alas y volar hacia otro destino, o sin un rumbo fijo. Sabes calmarme, aún es un gran misterio para mí pero, por alguna extraña razón, sabes hacerlo. Estás, no con palabras que se quedan en eso, a veces ni con tu presencia. Estás y estás con hechos. Cuando necesito un hombro estás y cuando no, también estás. Soy muy detallista, y no te agotan mis detalles porque tú también lo eres, y por ello, te sale solo valorar tanto cualquier cosa que hagan por o para ti. Contigo no hay prohibiciones, tampoco obligaciones de nada, somos tú y yo cada segundo, sin jaulas, sin cuerdas que nos paren, haciendo lo que queremos y cuando queremos, siendo nosotros mismos todo el tiempo. Y no me puedo olvidar de la confianza que hemos llegado a conseguir en tan poco tiempo, que ha ido saliendo sola, sin ningún esfuerzo. Eso, y solo eso, es lo que te veo.

-Pues acabas de hacer que me encante que me veas tan sencillo, Paula.

-Anda, métete ya en la ducha, que vamos a llegar tarde.

-Bueno, te dije que lo iba a hacer hace 10 minutos, así que aún me quedan 20 para hacerlo, y los quiero aprovechar en besarte y en acariciarte, por cada palabra que acaba de salir de tu boca.

-Y ahí está: el niño libre que busca cariño, que sólo quiere que le acepten tal y como es.

-Y te encontré.

-Y me encontraste.

La llamada

Paula volvía de noche a casa. Había salido a dar un paseo, hoy no era un buen día. Estaba cabreada, enfadada con el universo. Había surgido algo, quizá una tontería, quizá algo con cierta importancia, pero Paula se lo había tomado como algo personal, y ahora necesitaba respirar.

Fue a airearse, mover las piernas y caminar, andar durante horas sin la necesidad de pensar en una ruta que seguir, simplemente pensaba en caminar. Habló a su padre, habló a sus amigas, incluso habló a Luis. Quería estallar y así lo hizo, sin importarle lo loca que pudiese parecer. Aún Luis no conocía esa cara de ella, pero la tenía, así que, ¿por qué no hoy? Paula era alegre pero nadie era perfecto.

Y ocurrió. Lo que menos hubiese imaginado Paula, ocurrió. No porque no le viese capaz, simplemente porque no había pensado en que hubiese una reacción. Ella sólo quería desahogarse con todo el mundo, ella sólo quería apagar el fuego que había en ella.

Estaba escuchando música con sus cascos mientras andaba, y la música se paró. Alguien la estaba llamando. Esperaba que fuese importante, porque como le estuviesen llamando de alguna compañía de seguros… pobres, habrían elegido el peor momento para hacer esa llamada.

-A ver¿qué te pasa, fierecilla?

-¿Luis?

-Jajaja, ¿te sorprende? ¿Es que aún no tienes guardado mi teléfono?

-Sí, claro que sí. Estaba tan en mi mundo que ni lo he mirado.

-Bueno, ya he visto lo que pasa, ya estoy enterado, así que desahógate y hablemos de ello.

Se tiró más de una hora hablando, insultando, demostrándole su enfado y defendiendo su forma de pensar, sin ningún miramiento de lo que pensase él. Luis la calmaba, le daba motivos por los que su enfado era razonable y motivos por los que el estar enfadada no le iba a servir de nada. Más de una hora escuchando a una cotorra quejarse, más de una hora demostrando, una vez más, que estaba ahí.

Cuando colgó, Paula creyó que ya era momento de volver a casa. Se encontraba mucho mejor, seguía creyendo que tenía razones para estar enfadada y que le molestasen esas ciertas cosas, pero ya no estaba tan afectada, había pasado todo a un segundo plano.

Eso, justo eso era lo que ella necesitaba en su vida: que supiesen calmarla. Paula era muy nerviosa, se tomaba ciertas cosas muy enserio y, todo hay que decirlo, cuando se enfadaba le costaba dejar de estarlo, le costaba mucho. ¿Por qué Luis lo hacía todo tan fácil? Y sobre todo, ¿por qué nadie había conseguido eso antes? Pues sí, Luis la estaba ayudando mucho sin él saberlo: a ser feliz, a tomarse la vida de otra forma, a tener otra perspectiva de las cosas. Y no era justo, Paula se dio cuenta en el instante en que colgó. Que no supiese nada del bien que estaba haciendo en ella, no lo era. Hablaría con él, era lo mínimo que podía hacer para agradecerle cada detalle sincero que tenía con ella, porque, al final, los detalles que te salen solos, los que no tienes que planificar, simplemente te salen espontáneamente, son los más sinceros, los mismos que a Paula le salía con él.

-Hola cielo, te veo más tranquila.¿ Has ido a quemar algo, o te has emborrachado o te has fumado algún porro? Esperaba que llegases histérica a casa después de cómo has salido, la verdad.- Su madre siempre tan sincera.

-No, nada de eso. Me ha llamado Luis.

-¡Vaya! ¿Y ha conseguido que la loca de mi hija cabreada, se calme? Cariño, ese chico va a empezar a gustarme a mí más que a ti.

Equilibrio

-¿Pero de qué te ríes?-Su madre la miraba perpleja, con la cara de no entender nada. ¿Qué mosca le había picado a Paula? Pues ninguna. No le pasaba nada. Sólo era feliz, sólo sonreía al recordar lo bien que sentaba recibir lo mismo que se da, ni más ni menos.

Sí, aquella sonrisa la causaba Luis desde la distancia. Paula sentía que, por primera vez en su vida, estaba con alguien en equilibrio. No se sentía atascada pero tampoco acelerada.

Había dejado de creer en esos cuentos de hadas que le contaba su madre de pequeña, lo veía todo desde otro punto de vista. No, ya no pensaba que tenía que hacer y aguantar todo por amor, que había que sacrificarse por lo vivido y construido, que tenía que amoldarse a otra persona, que se tenía que dejar de ser dos para empezar a ser uno. No, había estado tremendamente equivocada, eso no iba con ella, eso era lo que la sociedad le había ido inculcando poco a poco, y que ella consiguió quitárselo de su cabeza en un abrir y cerrar de ojos.

Ella no cambiaría, y ya no quería que cambiasen por ella, porque, al final, sólo se modifica temporalmente y era atrasar lo inevitable.

Pues así era, Paula no quería una pareja, al menos no quería lo que esa palabra conllevaba. A Paula le apetecía vivir, y no quedarse con las ganas de hacer algo que quería hacer porque estuviese mal visto. No quería prohibiciones, tampoco obligaciones, no quería mentiras, ni estar todo el santo día preguntándose lo que pasará mañana.

Ella había cambiado, o quizá no Quizá ella siempre pensó de esa forma, pero lo dejaba oculto, escondido en lo más profundo de su alma, para que no pudiese salir, para no ser la rara, la diferente. Ella necesitaba a su gente, a su hija, a sus amigos, a su familia… pero no necesitaba una pareja, estaba muy bien sola, no echaba nada de menos de tener una larga y duradera historia de amor. Y es que, sólo se veía de nuevo metida en una nueva relación por un único motivo: estar mejor que sola. Sí, Paula quería las cosas sencillas y fáciles, cero complicaciones y discusiones absurdas, quería paz, eso es, paz, y, a la vez, quería ser libre. Que nadie le quitase su libertad de elegir y de hacer lo que le diese la gana. Que, si se arrepentía de algo, que fuese por las cosas que sí había hecho, no por las que había dejado pasar aun queriendo hacerlas.

Y entonces, justo en ese instante en que cambió tan radical su forma de pensar, apareció Luis en su vida. Y dejó de preocuparse por la fecha de caducidad, dejó de preocuparse de si le gustarían sus tonterías y sus detalles o parecería una pesada, dejó su trabajo de detective, dejó de creer que cada palabra era mentira o una excusa nueva y dejó de importarle una mierda si gustaba o no. Y empezó a disfrutar de cada momento como si fuese único, empezó a ser ella todo el tiempo, natural, como ella era siempre con sus personas más cercanas, empezó a no callarse nada para no volverse loca hasta explotar: si algo le rondaba la cabeza lo decía. Empezó a ser una loca sin tapujos, y empezó a sonreír sin motivo alguno.

Y no necesitaba más. No necesitaba ser la única, tampoco renunciar a otros, no quería un mensaje cada cinco minutos para saber que le hacían caso, prefería que le demostrasen que estaba ahí, sin necesidad de estar presente.

-Nada mamá, sólo recordaba una cosa.

No importan los días que pasen

Hacía tiempo que Paula no quedaba con Luis. No existía ningún motivo oculto, simplemente, no se había dado el caso. En ese tiempo, Paula estuvo quedando con sus amigas, cuidando de su hija y, sí, quedando con otros chicos. Quedaban, se reían, se tomaban unas copas y, si les apetecía, acababan en la cama. A Paula le encantaba tontear, sentirse atractiva y darse cuenta de que iban detrás suya, le gustaba jugar, y no quería renunciar a ese juego por nada del mundo. Pero, sí era cierto que, la conexión que tenía con Luis, esa confianza que habían conseguido en tan poco tiempo, hacía que Luis fuese Luis y el resto se quedasen en eso, el resto. Sólo él conseguía que no estuviese a la defensiva, sólo con él podía ser la tía más cerda del universo y tres minutos después un mimoso osito de peluche. Se lo pasaba bien con otros, claro, pero no era lo mismo, a cada uno le faltaba algo que Luis sí le daba: sinceridad, sencillez,confianza, seguridad para sentirse ella misma en cada momento…

“Hola cielo, ¿tienes a la niña hoy? Si quieres podemos hacer algo.”

Ah, se le olvidaba, también le leía el pensamiento, y aparecía en el momento perfecto. Le acababa de llegar un mensaje de él. Buscaría un buen plan para reencontrarse después de tantos días.

“A las 20:00h estoy por tu barrio. Esta noche elijo yo el plan, pero mañana nos toca improvisar sobre la marcha, que nos encanta hacerlo”

Y así era, les encantaba ir minuto tras minuto viendo qué les deparaba el día, sin ningún compromiso ni ningún horario, sólo a lo que surgiese.

No se acostumbraba a subir esas escaleras, y tampoco quería hacerlo, sabía que en algún momento dejaría de subirlas, pero hasta que eso llegase, disfrutaría hasta de cada instante.

– Vístete cómodo nene. Vamos a ir a que me enseñes a jugar al billar y a que yo te enseñe cómo se tira un dardo.

Aún era pronto y no tenían ninguna prisa, así que se lo tomaron con toda la calma. Mientras Luis se duchaba, Paula organizaba un plan maléfico en su cabeza, que tardaría minutos en llevarlo a la práctica.

Le guardó la ropa que había sacado para ponerse al salir de la ducha y, en su lugar, colocó la suya propia que se acababa de quitar. Salió de la habitación, esperando que saliese a buscarla, y cuando lo hiciese, volvería para esperarle en el baño, frente al espejo, el lugar favorito de los dos.

No tardó en encontrarla, apoyada con la cara en el espejo y las manos en la pared, sacando culo, como a él le gustaba tenerla, follándola, mientras se veían cómo disfrutaban a través del espejo.

-Pequeña juguetona.

Luis le dijo estas dos palabras al oído. Paula miró al espejo y ahí estaba él, completamente desnudo, como ella, detrás suyo, rozando su cuerpo con el suyo. Al escuchar su voz no pudo evitarlo y se dio la vuelta, quedándose de frente a él, y le besó con tanta pasión y añoranza que no quería terminar ese beso, quería tenerle dentro de ella con ese mismo beso. Luis la agarró y la sentó en el lavabo. Le metió dos dedos, y empezó a moverlos fuertemente, a la máxima velocidad que podía hacerlo. Quería llevarla al límite, sin dejarla llegar al final, por ahora. Ella echó la cabeza hacia atrás, hasta ver su rostro y el de Luis en el espejo. Abría más las piernas, y no paraba de gemir, tanto que los gemidos se convirtieron en pequeños gritos y, cuando tenía en la boca su grito final, Luis sacó sus dedos y paró, ayudándola a bajar del lavabo. Luis le dio la vuelta, poniéndola frente al espejo. Empezó a recorrer todo su cuerpo con sus manos, disfrutándola con cada caricia que le daba con la punta de sus dedos. Pasó por sus labios y bajó hacia el cuello. Recorrió sus pequeños pechos, y siguió bajando hasta su clítoris, viendo en cada momento la reacción que tenía el cuerpo de Paula, dibujada en su rostro.

Luis se introdujo dentro de ella, moviéndose sin ningún control. Paula dejó sus manos contra la pared, empañando el espejo con cada gemido que salía de su boca. Él le puso sus dedos en los labios, y Paula se los metió en la boca, degustando su propio sabor.

Esta vez Luis no se quitó, dejó que disfrutase de su orgasmo a la vez que él también lo tenía, corriéndose dentro de ella, con sus dedos aún dentro de su boca para disimular el grito, y sus ojos fijados en el espejo.

-Creo que debemos volver a la ducha antes de irnos.

Sencillo

Sencillo. Esta es la palabra adecuada que se usa cuando: los diferentes puntos de vista no llegan a discusiones, se quedan en una conversación en la que el uno escucha al otro y se entienden, hasta sacar una conclusión; uno no se calla algo que tiene en la cabeza hasta explotar, lo comenta; te diviertes; eres tú mismo; dices que no a las cosas que no te apetece y propones las que sí; disfrutas de la vida; vives el presente, sin preguntarte qué pasará mañana; no vives imaginándote las respuestas de la gente, sino que esperas a que lleguen…sencillo.

Paula era feliz con su sencillez. Y es que, al final, las cosas fáciles y sencillas son las que más merecen la pena.

“Perdón”, “gracias”, “te quiero”,”buenos días”, “por favor”, “estás muy guapo”, “estás muy guapa”, “te echo de menos”… Frases que nos encanta escuchar de la gente que nos importa, pero que, a menudo, se nos olvida decirlas.

Paula se dio cuenta y de ello y rectificó. A partir de aquel día, Paula expresaba todo lo que pensaba y lo que le apetecía decir en cada momento: ya no sólo lo malo, ahora no paraba de decir a su gente las cosas buenas que guardaba de ellos. Y no sabía por qué, pero siempre quería dar los buenos días a Luis.

¡Basta!

“Tienes que hacer la compra, la comida antes de la 13:00h. Recuerda ir a la farmacia a por tus pastillas. Ah, y que no se te olviden los pañales. Anda más deprisa que no llegas. ¿Has engordado un poco? Estás asfixiada. Quedaste en llamar a Claudia a las 17:00h para ver qué tal le iba todo en su nuevo trabajo. Deja el móvil, por culpa de ese Luis te vas a torcer un tobillo. No llegas. Luego dices que no te da tiempo. ¿Quieres ir más deprisa? ¡Uy, qué vestido tan bonito! Te quedaría estupendo con tus curvas pero, ni lo mires, no tienes dinero. Fruta, que no se te olvide la fruta y, cuando llegues a casa, preparar los papeles de la guardería, que mañana tienes que entregarlos. Venga, mujer, no pongas caras. Mírate, ¿eres consciente de que vas por la calle, sola, y la gente te mira porque sonríes como una idiota a la pantalla de un móvil?Pum… Te lo dije, que ibas a ir al suelo. Encima no tienes otro sitio donde caerte que en el único charco que quedaba. Estás estupenda. Empapadita. ¡Mira, como a ti te gusta que te tenga Luis!

-¡Basta, joder, basta ya!

Paula pegó un grito, parándose en seco y haciendo que se girase a observarla toda la gente que en ese momento había a su alrededor. Estaba sola, no gritaba a nadie. La gente la miraba como si estuviese loca y, en cierto modo, así era. Ellos no le oían, pero ella sí, de hecho, no se callaba. Su queridísimo cerebro no dejaba de funcionar y no le daba un segundo de respiro. ¿Ese dichoso aparatito no tenía un botón “off”?

Olvidándose de todo, cerró los ojos en mitad de la calle y contó hasta diez, respirando profundamente, sin prisa. Cuando los abrió de nuevo estaba más relajada. Aun así, necesitaba parar y darse una pausa, para ella. Estaba frente a un bar con terraza y fue directa. Una cervecita, con un poco de suerte, hiciese que su cerebro se olvidase de hablar.

-¿Qué va a tomar, señorita?

¡Vaya! Con todas las veces que pasaba por esa esquina,¿por qué nunca se había fijado en ese camarero?

-Una jarra de cerveza, por favor.

Y, ahora sí, Paula disfrutaría de su ratito de descanso, desconectando de cerebro y de móvil. Y es que tenía todo ahora mismo, hasta unas maravillosas vistas.

Benditos bares…