Buenos días

Abrió medio ojo. Allí seguía esa rodilla hincándose en su pierna y había vuelto a destaparla. No le importó, aquello era felicidad, no podía ser otra cosa.

Notó cómo le acariciaba la cara con cariño. Quería despertarla y ella le siguió el juego haciéndose la dormida. Sabía cómo empezaría aquella mañana y estaba encantada.

Siguió acariciándola y bajó por el cuello, despacio, sin ningún tipo de prisa, dejando un rastro de piel erizada por cada zona que tocaba. Estaba consiguiendo lo que quería: que el cuerpo de Paula reaccionase, así que siguió con su ruta.

Bajó por su brazo, llegando hasta la mano, cogiéndola y acariciando cada uno de sus dedos. ¿Podía haber mejor forma de despertar a alguien? Diría que no.

Volvió a subir hasta el hombro, para coger otro camino y llegar hasta sus pechos, acariciándolos por encima de la camiseta que llevaba puesta, su camiseta, esa que le quitó para dormir, para dejarla impregnada con su olor.

Sabía que era la hora, la hora de abrir los ojos y que disfrutasen los dos. Se giró hacia él y le miró a los ojos, empezando a acariciarle también.

Gerard sonrió, se acercó un poco más a ella, y mirándola a los ojos le dijo: “Buenos días.”

Lo que necesitaba

Aquella chica que pedía a gritos mudos un hombro en el que apoyarse para no resbalar, en el que ver que no todo estaba tan mal, y que era sólo que su cabeza necesitaba descansar, un hombro para saber que podía contar con alguien, alguien que no la juzgase, que la entendiese y que la escuchase, alguien que la dijese: “grita, yo estoy aquí, y yo gritaré contigo”.

Aquella chica era Paula, la chica que, uno de sus mayores defectos, era que siempre estaba por y para los demás, que siempre estaba alegre y sonriente para todo el mundo, y que se cobijaba en los problemas de los demás para no sacar a la luz los suyos, pero cuando salían, Paula era una bomba, la más dañina de todas, que podía explotar en cualquier momento y en cualquier dirección, y nadie estaría a salvo de ser lesionado.

Y estaba muy bien eso de ayudar al prójimo, pero, ¿qué había de lo que quería Paula, de lo que necesitaba?

No tenía ni idea de lo que quería, de lo que realmente le valía para estar bien al completo. Pero sí tenía muy claro que no quería revivir nada de su pasado, viviría con muchas secuelas que iría arrastrando. Había sonreído poco y callado mucho, pero eso, poco a poco, lo iba rectificando.

Se dio cuenta de que todo lo que necesitaba para ser feliz lo tenía ella misma, que no necesitaba nada de nadie, y que quien entrase en su vida, fuera de la forma que fuera, era porque le ofrecía lo que Paula necesitaba, nada malo todo bueno, no se iba a conformar con menos, ya no.

No quería etiquetas, no quería dependencia, pero tampoco quería tener menos de lo que a ella le salía ofrecer, no quería volverse loca cada vez que se le juntaba todo por no saber qué pensaba el otro lado de aquella cama. Quería tranquilidad, dejar de tener que inventarse los pensamientos de los demás, quería escuchar ciertas palabras que no sabía si llegarían, aunque sea contradictorio viniendo de Paula, una persona que expresaba sus sentimientos a través de palabras y textos. Paula sólo quería calma en su vida.

Y esta noche, tumbada en su cama, sólo se preguntaba: “¿Dónde está ese hombro que tanto necesito ahora?”

De ti aprendí

De ti aprendí a saber valorarme, a creer que si quiero algo, sólo está en mí poder conseguirlo. De ti aprendí a mirarme al espejo y ver a la chica más guapa de la ciudad, porque, ya te encargabas de decirme a mí y a los demás que no había niña más guapa, inteligente y buena que yo, aunque fuese un trasto y pareciese que mis orejas me fuesen a sacar volando de la casa…Daba igual, a ti te daba igual y tu forma de mirarme hacía que yo me viese la chica más maravillosa del mundo.

Contigo aprendí a mentir y a tener secretos con mamá, a hacer trapicheos a escondidas y a llevarme recompensas por ello, eso sí, todo legal.

Pero también me enseñaste a tener velocidad, a ser más rápida cada día, y a ayudar en casa, recogiendo la ropa lavada antes que tú, para no encontrarme mis pantalones rotos, cosidos; a hacer mi habitación antes que tú para que no me desapareciesen mis cosas con tanta limpieza.

Aprendí tantas y tantas cosas en esos 22 años. Tú me enseñabas matématicas, ¡ay! La de medusas que hemos contado en esos paseos a las siete de la mañana, porque, ¿para qué jugar a “coche amarillo” habiendo medusas?

Contigo aprendí que la canción de: “me duele la cara de ser tan guapo” tiene mucha razón, si no que se lo pregunten a mis mofletes cuando me saludabas.

Pero fui creciendo, y me enseñaste más cosas. Aprendí que el maestro siempre tendrá más fuerza que el alumno, y que jamás pude ganarte un pulso, ni ibas a dejarte ganar por nada, si quería algo, tendría que conseguirlo yo misma. Aprendí que a las niñas buenas les hacen cosquillitas en la espalda hasta quedarse dormidas; que la jardinera eligió como la mejor rosa a esa que se vestía del color que se le antojaba, esa que siempre llevaba mi nombre; que el dedo pequeñito es el que se come el pan, ese a por el que fue a buscar el dedo gordo; que si estás haciendo botas, tienes que tener cuidado con el cuchillo…y con las pelotas;a cascar huevos, y, por supuesto, que el domingo se casa Perico con aquella mujer cascabel.

Contigo aprendí a jugar al tute, al cinquillo y al parchís, y todas las trampas que se pueden llegar a hacer en una sola partida.

No te dio tiempo a enseñarme a cocinar, pero sí aprendí que si vamos a comer tres, saldrá comida para diez, porque: “¡No vaya a ser que alguien se quede con hambre!” y eso… no puede ser, no. Y aprendí cuál fue siempre tu ingrediente secreto para todo: el amor. Todo lo hacías con amor, y tu mirada lo decía. Que por muy cansada que estuvieses siempre estabas donde tenías que estar, y que si tu nieta tenía dos décimas de fiebre y te enterabas, daba igual que te tuvieses que coger un autobús, un tren y otro autobús, en tres horas estabas aquí para ayudar, y nunca nadie te lo ha agradecido, ni tú esperabas que lo hiciesen, lo hacías y punto.

Contigo aprendí a levantarme de la cama en cuanto me despertaba, sin remolonear. Era abrir los ojos y ver a centímetros mía tus pies, y no esperar más tiempo para levantarme. Y ahora mi hija hace lo mismo y duerme al revés, seguro que tú tienes algo que ver.

Contigo aprendí lo importante que es el tiempo, y que hay que desgastarlo de la forma en que se tenga que hacer pero sólo por las personas que merecen ese tiempo.

Contigo aprendí a que lo poco que se tiene y cuando se tiene, la mejor forma de derrocharlo, no es en una bonita falda para ti, sino en gastarlo en los demás. Tú me enseñaste a ser así y me alegro por ello.

También aprendí a ser fuerte, a llorar a escondidas y, a la vez, tener la sonrisa para todo el mundo, a construir aquel muro que no dejaría pasar a cualquiera pero, quien pudiese entrar, era porque valía la pena.

Y, por último, por ti aprendí lo mucho que se puede echar de menos a alguien.

A ti, a mi guerrera y luchadora. A mi gran abogada y defensora durante toda mi infancia y adolescencia. A mi compañera de paseos y compras. A la mejor tramposa que he conocido. A ti, a mi chica favorita. No te irás de aquí si tu recuerdo permanece, y de eso, me encargo yo.

Cabecita loca

Paz. Eso era lo que transmitía Gerard. Pasar tiempo con él era estar ese rato tranquilo, ignorando todos los problemas de fuera, te contagiaba de esa paz. No era una persona que le gustase discutir,huía de eso, le gustaba más hablar y, si no servía de nada, tomaba decisiones en silencio.

Sí, decir que Gerard era una persona tranquila sería la mejor forma de describirle, pero no era su única virtud.

Que fuese tranquilo no implicaba que fuera aburrido. Ni mucho menos. Era un cabecita loca. Tanto le daba estar en una boda con su barra libre que en un parque sentados charlando, Gerard siempre haría ese tiempo divertido: con sus bromas, sus canciones, sus bailes o sus anécdotas. ¿Tendría que ver esa parte andaluza que corría por sus venas? Quién sabe, pero Gerard era diferente.

No era alguien que quisiese destacar,no. Le gustaba vivir tranquilo y sin preocupaciones. Había sufrido, todo el mundo tiene su pasado, pero él no dejaba que viesen su pequeña coraza. Para destruirla sólo necesitaría a alguien como él, que confiase en él y se lo demostrase con hechos y no sólo con palabras, que le diese su espacio y le dejase tranquilo pero que estuviese ahí para lo bueno y lo malo, que le entendiese, alguien que con la mirada le dijese lo mucho que vale.

Gerard: una persona que disfrutaba de su libertad, cuidadoso con la gente que le importaba e indiferente con la que no, un auténtico lobo, alguien que era detallista pero sólo cuando y con quien le salía sin pensarlo, dulce, cariñoso, divertido, alegre, alguien que le apetecía vivir y disfrutar de la vida, una persona normal, simple, del montón, y a la vez, una persona completamente única.

Aquel día

Viva, Paula se sentía viva. El mundo entero se desmoronaba, todo su alrededor se iba haciendo añicos a cada paso que daba y, cuando encontraba una solución para algo, se despedazaba otro pilar de su realidad.

Pero le daba igual. Se sentía feliz, alegre, y nada podía ocurrir para que no le sacase una sonrisa a las malas noticias y se enfrentase a ellas de buen humor. Hacía mucho que no se sentía así, tan llena de vida.

Un buen día, de esos que apetece recordar cada detalle en los siguientes doce días, y Paula no iba a consentir que las malas noticias acabasen con su momento de recordar aquel día, no, aún no había llegado ese día doce.

Así que cantaba, bailaba, y sonreía a cada movimiento que hacía, dejándose llevar por el disfrute de aquel recuerdo, ese que tanto se merecía .

Aquel día no hizo nada fuera de lo común, pero para ella fue especial. Se sintió tranquila, disfrutando del paisaje y de cómo volaban las horas. No paró de reír, de ser ella misma, por un día no se cohibió, habló y preguntó lo que se le pasaba por la cabeza, cantó como una loca sus canciones más llamativas, incluso se atrevió con alguna en inglés. Aquel día Paula no tenía filtros, no tenía vergüenza, sólo hacía lo que tenía ganas de hacer en cada momento sin pensar en nada más.

Y eso hizo, disfrutar de cada caricia, de cada beso, de cada mirada y de cada sonrisa que Gerard le estaba ofreciendo aquel día. Aquel día no quería más, al día siguiente ya empezaría a poner soluciones a los problemas de su alrededor pero, aquel día, aquel día era sólo de ellos dos y nada iba a estropearlo.

Una sensación extraña

Una sensación extraña. Eso es lo que sentía Paula últimamente. Alguien nuevo había entrado en su rutina, y ese alguien estaba quitando una a una cada pieza del puzle de ideas que Paula se había creado en la cabeza. Dejó de creer en las relaciones sanas, en que dos personas podían ser compañeros de tiempo sin que se quitasen la libertad mutuamente.

Se parecía tanto a ella, Gerard era atento, detallista y escribía de maravilla, a Paula le encantaba eso. También le habían hecho daño, ¿creeía en las relaciones? Pues no lo sabía, pero sí sabía que le apetecía disfrutar de la vida como a ella, disfrutar de su gente, de sus amigos, vivir tranquilo, sin comeduras de cabeza y sin alguien detrás de su oreja diciendo a cada segundo lo que tenía que hacer.

Había estado jugando a ser muy moderna, a creer que lo suyo eran las relaciones liberales, que cada uno hiciese lo que le viniese en gana, que no tener ataduras implicaba soportar que alguien se pasase por la cama a toda persona que conocía. Pero no, esas modernidades no iban con ella.

Sí, Luis llegó en el mejor momento, cuando Paula necesitaba un buen chute de adrenalina para seguir viva, y le vino genial, le permitía cualquier cosa porque al final no le importaba, hasta que se cansó del juego. Y la pregunta que se hacía siempre era, ¿podría soportarlo con Gerard? La respuesta era no. Podía hacer lo que quisiera, pero ella huiría, saldría corriendo, en eso era una experta.

Habían hablado, no eran nada y así seguiría, no era el momento, Paula no estaba psicológicamente preparada para nada más de lo que a ese chico ya le estaba dando, su tiempo y sus locuras, su sonrisa y sus planes irregulares. ¿Sería suficiente? Habría que comprobarlo.

Piensa en mí

-No le des la vuelta a las cosas. Acéptalas, como yo lo he hecho también, y sigue hacia adelante. Me tienes aquí y siempre me tendrás cuando me necesites, pero lo que teníamos se acabó. Hay sentimientos, y no por ambas partes son los mismos. Si te he importado, no vuelvas. ¿Te crees que para mí ha sido fácil tomar la decisión? ¿Te crees que, cada vez que te veo, que me pongo a hablar contigo, no me tiraría a tus brazos y me quedaría ahí durante horas? ¿Crees que se me han quitado las ganas de que nuestros cuerpos desnudos disfruten el uno del otro en tu cama? ¿Crees que no echo en falta tus buenos días? ¿ De verdad te piensas que estoy bien sin que estés como antes estabas en mi vida? Pues no, no lo estoy, pero sí que estoy mejor que pensando a todas con quién compartirás el lecho hoy. Sé que no quiero eso, y no lo voy a tener. Respétame y demuéstrame que te importo, que no quieres ser un egoísta, y que no lo quieres ser por mí.

Luis se quedó a cuadros. No se esperaba esa reacción de Paula. Pensaba que volvería a sus brazos, que todo volvería a ser entre ellos como era antes de aquella conversación, que si Paula veía que Luis estaba pendiente de ella, que le importaba, volvería a disfrutar de su compañía, pero también de su sabor. Pero qué equivocado estaba. No sabía qué contestar, no se lo esperaba pero, ¿tenía razón? Pues sí, tenía toda la razón. La echaba de menos, pero cuando la tuviese volvería a comportarse como siempre, nada cambiaría. Era un egoísta, no pensaba en ella. Paula se había abierto a él, le había sido sincera, le había dicho que le dolía no ser la única especial en su vida, y por eso se iba, y él quería que se quedase sin que nada cambiase.

Y ahora Luis no podía soportar ver a Paula disfrutando de su tiempo con otras personas que no fuesen él. Estaba celoso, y no sabía esconderlo. Estaba atento a cada paso que daba Paula, y cada paso le dolía más y más porque lo daba sin él. Qué extraña sensación le corría por su cuerpo. La quería tener, pero no quería cambiar nada, y sabía que en este mundo había que tomar decisiones por mucho que no quisiésemos. ¿Qué decidiría?

Aléjate de mí

Luis se alejó. Se alejó de ella y siguió su día a día. En aquella conversación se lo había dejado demasiado claro: “Me duele verte con ella. Prefiero mil veces que te tires a veinte personas al día a que tengas sentimientos por una más. Verte con otra como estás conmigo me duele, y no estoy para que me duelan las cosas”. No, No quería hacerla daño, a ella no. Siempre le había sido sincero, no le había ocultado nada, y eso hacía que Paula siempre tuviese la opción de tomar su propia decisión. Claro que era especial para él, claro que era importante para él. Cómo se había comportado con ella, cómo se había confesado con ella y le había contado cosas que sólo su familia sabía, pues claro que era importante para él. No sabía el significado de complicidad con alguien hasta que conoció a Paula.

Pero, también estaba Cristina, era divertida y se lo pasaba bien con ella. Nunca se enfadaba, nunca le era sincera y le decía lo que se le pasaba por la cabeza, sólo había risas, planes y buenos ratos. Ella no le pedía nada, no hablaban, sólo le ofrecía su tiempo y él estaba muy entretenido. A él le valía. Si no le hablaba de sentimientos, le valdría.

Así que, después de esa conversación con Paula, pasaría más tiempo con Cristina, ahora la necesitaba más, necesitaba llenar ese hueco vacío que Paula le había dejado. Le daba pena, no quería perderla de su vida. Paula no era para él sólo un bonito cuerpo, no, le proporcionaba muchas más cosas pero, ¿amigos?, ¿podría ser sólo amigo de Paula? Pensaba que sí, pero, definitivamennte, se dio cuenta de que estaba equivocado. Cada vez que tenía a Paula a centímetros de él, no podía dejar de mirarla a los ojos, su cuerpo reaccionaba y su boca se convertía en un imán. Y él no quería luchar contra esa fuerza, él sólo quería que todo siguiese igual, poder besarla y disfrutar de su sabor, que le desnudase y que se olvidasen por un rato del reloj. No, así no podía ser su amigo. No podía hacerle daño a Paula. Sacrificaría sus sentimientos y lo haría por ella.

Por suerte Cristina estaba ahí, era lo que necesitaba, estar ocupado y entretenido, y ella siempre tan cariñosa y atenta, siempre pendiente de él. Ese era el plan de Luis. Ya no serían tres, se alejaría de Paula y se encargaría de disfrutar con Cristina, de que no les faltase nada. Pero, ¿Luis se creeía realmente que el recuerdo de Paula se esfumaría, que su olor desaparecería algún día de su almohada? Sólo ella sabía lo que pensaba en aquel momento sin necesidad de tenerle delante.

Como una jarra de agua fría

Como si le hubiesen tirado una jarra de agua fría en la cara… Esa sensación se le quedó a Paula al salir de aquel lugar. ¿Cómo podía haber estado tan ciega? No lo vio, y ahora, las consecuencias de no haber escapado a tiempo, no sólo repercutían en ella, también en una pequeña inocente que no había decidido nada de esto.

No, no era momento de llorar, ya tendría tiempo de hacerlo más adelante. Era tiempo de actuar, por cada minuto que había dejado pasar parada, esperando a que la situación mejorase por sí sola, consiguiendo que sólo fuera a peor. Se lo debía, se lo debía a ella, sí, era cierto, nadie tenía que aguantar eso, nadie tendría que ocultarse e ir con miedo de futuras reacciones, nadie, y menos alguien que había comprendido lo que significaba la palabra libertad. Pero no sólo lo haría por ella, sobre todo lo haría por Leire: “él cree que actúa bien, que su forma de ver las cosas es lo normal y la adecuada, y lo que te hizo a ti, lo que hizo que tú vieses normal cuando no lo era, lo hará exactamente igual con Leire”. Aquellas palabras de esa joven mujer no paraban de resonar en su cabeza. No, por ahí no pasaría, con Leire no haría lo mismo que con ella, y sería capaz de dar cualquier paso que tuviese que dar con tal de evitarlo, pero su pequeña princesa no tendría que pasar por esos ideales si ella podía hacer algo.

Cuando cerró aquella puerta y dejó a esa mujer atrás, se sintió ridícula, estúpida, una auténtica ignorante. Todo este tiempo pensando que ella tomaba sus propias decisiones, y resultaba ser todo lo contrario. ¿ Cómo ver la manipulación en los ojos de un hombre que todo lo que hace es porque se preocupa por ti, en la sonrisa de alguien que está contento porque has tomado la mejor decisión que podías tomar, la que él te ha aconsejado, o en las palabras de alguien que te dice que lo que hace es porque te quiere? ¿No suena claro? Pues viviéndolo día tras día, no. Pero lo único que había que hacer es abrir los ojos, recapacitar y pensar en cada situación vivida, y así, darse cuenta de que, de todo eso, nada debería ser lo normal, y nadie tiene por qué aguantar algo que no quiere en su vida. No debería dejarse pasar, alguien así, con unos ideales tan claros no cambiaría jamás, y Paula no era psicóloga para hacerle ser otra persona diferente, no merecía la pena quedarse, pero le costó verlo.

No le preocupaba lo que aquella mujer le había dicho respecto a ella, al fin y al cabo, había aguantado mucho, sí, pero consiguió dar el paso, salir de esa jaula que tan encerrada la tenía y liberarse para seguir disfrutando de lo mucho que le quedaba aún por vivir, para todo había una solución y ella la encontraría, estaba segura de ello. Pero una cosa era lo que le tocaba a ella y otra muy diferente era si se involucraba a Leire. Era ahí cuando Paula no era débil, ni comprensiva, podríamos decir que ni siquiera humana. Sacaba todas las garras como si fuese un animal y luchaba en un duelo de vida o muerte, en el que no estaba dispuesta a morir. A una buena madre, es mejor no enfadarla.

¿Te arrepientes?

-¿Te arrepientes de todo el tiempo que has perdido?

Una pregunta que a Paula le hacían continuamente. Ella tardó en saber cuál era la respuesta exacta a esa pregunta, pues ni siquiera ella misma la sabía responder al principio. ¿sí?, ¿no? Siempre decía que en esta vida no había que arrepentirse de nada pero, ¿entonces por qué se sentía como si hubiese desaprovechado los mejores años de su vida, sin haber sido todo ese tiempo ella misma?

Con el paso de los meses, y disfrutando de cada día como nunca antes lo había hecho, con un reto nuevo cada día, se dio cuenta de algo. No disfrutaba como nunca lo había hecho por recuperar su tiempo perdido, sino porque su mentalidad, su idea de ver la vida, había cambiado. Y si había cambiado estaba claro que no había sido porque se levantó un día pensando de forma diferente. Si ahora pensaba diferente era por la carga que llevaba a sus espaldas, por todo lo que había vivido, que quería recordarlo siempre, que no se le olvidase nunca, porque, gracias a eso, Paula sabía lo que no quería volver a sentir más, lo que no quería volver a tener que contar más, no quería ese día a día en su vida, y eso, le había hecho cambiar y coger un nuevo camino en su vida.

-Si no hubiese perdido ese tiempo, no estaría ganando todo el tiempo que aún me queda en esta vida.