La despedida de Paula



Sabía que no debía hablarle, que no debía de tropezar 348 veces en la misma piedra y, sobre todo, sabía que no serviría de nada.

La teoría Paula se la sabía al pie de la letra y, sin embargo, estaba deseando hacerlo. Casi tres meses hacía que no le veía, casi tres meses que hacía que se despidieron en aquella casa, después de una magnífica noche, sin pensar que sería el beso de la despedida.

Un nuevo “me gusta” volvió a saltar. De Gerard, cómo no. No se perdía una de sus fotos y, sin embargo, no eran capaces de comunicarse con palabras. Sería simplemente un enamorado del arte y la fotografía.

Y cuánto más tiempo pasaba, menos entendía Paula qué le habían hecho aquellos ojos, que insistían en permanecer en su cabeza. No podía olvidarle, pero la mataba vivir con su recuerdo, sentir que sus manos volvían a tocarla y su mirada penetraba en sus ojos, y aparecía aquella piel de gallina que sólo él sabía conseguir sacar. Y, entonces, despertaba, y él no estaba al otro lado de la cama, sino donde siempre estuvo desde el primer cruce de palabras: a un millón de años luz de ella.

Estaba cansada de escuchar a la gente decirla que no se preocupase, que le iba a acabar olvidando, que siguiese con su vida, que pronto ni siquiera se acordaría de él. Paula ya sabía eso, pero no lo hacía menos doloroso. Su cerebro ya había empezado a olvidar recuerdos de su abuela, ¿cómo no iba a borrar el resto? Paula era fuerte, independiente y valiente. Daba igual el obstáculo que la vida le pusiese delante, ella lo cogía en brazos y acababa con él. Y ahí estaba, el obstáculo de Gerard plantado delante suyo, haciéndose cada segundo más grande, impidiendo que Paula siguiese avanzando, porque había dejado de querer hacerlo. Prefería quedarse sentadita, en medio de la nada, esperando, pero esperando algo que jamás llegaría, y en el fondo de su corazón ella lo sabía. Sabía que tenía una niña, un trabajo, mil cosas por hacer y trescientas tareas pendientes, pero no, no quería salir de la cama, no quería levantarse a hacer comidas, no quería ver a nadie, ni siquiera quería hablar. Hasta la persona más alocada y sonriente, puede tener un mal día cuando se desgarra por dentro. De todas las cosas que le podían venir, al final Gerard era su talón de Aquiles.

Y entonces lo vio, algo para lo que no estaba preparada, y se dio cuenta que ella estaba estancada, pero el resto de la gente seguía su camino, ni la vida ni la gente se detenían por mucho que ella lo hiciese. Y empezó a abrir los ojos, y a darse cuenta de que sus sentimientos no iban a cambiar, que no podrían siquiera ser amigos porque ya era tarde para eso, que deseaba que le pasasen cosas increíbles y sobre todo, quería que fuese muy feliz, que alguien le volviese a sacar ese brillo en los ojos que Paula pudo llegar a percibir levemente en algún momento, pero había cosas que se dio cuenta que no sería capaz de ver. Paula no pudo abrir el corazón de Gerard para poder entrar y, en cambio Gerard, se ha quedado con el de Paula.

Sin pensárselo dos veces y con lágrimas en los ojos se fue, para dejar de tentar, para dejar a Gerard vivir libremente tal y como quisiera hacerlo.

Si se reencontrasen, ¿podría mirarla a los ojos y decir que no la ha echado de menos? Paula nunca lo sabrá.

Hoy Paula suelta la pluma y deja de escribir. Un corazón roto debe descansar.

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