Te miro y tiemblo

“Te miro y tiemblo”. Paula estaba escuchando esa canción y se quedó clavada pensando en aquella frase. Sí, era justo lo que le pasaba, era mirarle a los ojos y transformarse en un flan.

Así era Paula, ya la conocemos, una chica de impulsos, que si sentía algo, bueno o malo, le gustaba hacerlo intensamente. Y era inevitable, estaba completamente idiota, feliz, pero idiota. Iba por la calle y sacaba su amplia sonrisa y su brillo en los ojos si recordaba algún instante o conversación con Gerard, por muy estúpida que fuese la escena. Hacía mucho que no tenía esa sensación en el cuerpo, ¿las famosas mariposas? No lo descartaba, ya no se acordaba de lo que era eso.

Pero, por muy feliz que estuviese, por dentro se encontraba tiritando, no podía tener más miedo. Sabía que sólo los tontos corren demasiado rápido y ella había ganado todas las carreras con diferencia. Sí, se encontraba tan bien que se dejaba llevar, tanto, que sabía que le dejaba atrás en el camino y, si no quería huir, la única opción sería esperarle, si él quisiera llegar hasta Paula.

Quería disfrutar de esas sensaciones que sentía, de lo bien que se encontraba y, en cambio, por otra parte, se pensaba que se había creado su propia historia en su cabeza, que nada era como ella lo veía, que desde fuera era todo muy diferente, y que se estaba equivocando y lo mejor que podía hacer era escapar.

Porque Paula, en todo este tiempo, había aprendido muchas cosas, había mejorado como persona, se quería más a sí misma, sabía rectificar y valorar sólo lo que era importante, pero su cabecita loca pensante no cambiaría jamás, y ahora era un montón de dinamita a punto de estallar.

Así que sí, esta vez cambiaría su táctica. No quería perder lo que fuese que había, por muy poco que fuera, merecía la pena, a día de hoy, por tantas sonrisas que le sacaba. Se calmaría, disfrutaría y dejaría de pensar, usando su cabeza para recordar cada segundo que vivían juntos.

No iba a perderse esos momentos que le encantaban: despertarse antes que él para verle dormir, escuchar sus chistes malos, cómo utilizaba las onomatopeyas para contar sus historias, disfrutar de sus momentos buenos y abrazarle en sus momentos malos. Y, por supuesto, le encantaba que le erizase la piel con cada caricia de sus dedos, porque, como dice la canción: le miraba y temblaba.

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