Como una jarra de agua fría

Como si le hubiesen tirado una jarra de agua fría en la cara… Esa sensación se le quedó a Paula al salir de aquel lugar. ¿Cómo podía haber estado tan ciega? No lo vio, y ahora, las consecuencias de no haber escapado a tiempo, no sólo repercutían en ella, también en una pequeña inocente que no había decidido nada de esto.

No, no era momento de llorar, ya tendría tiempo de hacerlo más adelante. Era tiempo de actuar, por cada minuto que había dejado pasar parada, esperando a que la situación mejorase por sí sola, consiguiendo que sólo fuera a peor. Se lo debía, se lo debía a ella, sí, era cierto, nadie tenía que aguantar eso, nadie tendría que ocultarse e ir con miedo de futuras reacciones, nadie, y menos alguien que había comprendido lo que significaba la palabra libertad. Pero no sólo lo haría por ella, sobre todo lo haría por Leire: “él cree que actúa bien, que su forma de ver las cosas es lo normal y la adecuada, y lo que te hizo a ti, lo que hizo que tú vieses normal cuando no lo era, lo hará exactamente igual con Leire”. Aquellas palabras de esa joven mujer no paraban de resonar en su cabeza. No, por ahí no pasaría, con Leire no haría lo mismo que con ella, y sería capaz de dar cualquier paso que tuviese que dar con tal de evitarlo, pero su pequeña princesa no tendría que pasar por esos ideales si ella podía hacer algo.

Cuando cerró aquella puerta y dejó a esa mujer atrás, se sintió ridícula, estúpida, una auténtica ignorante. Todo este tiempo pensando que ella tomaba sus propias decisiones, y resultaba ser todo lo contrario. ¿ Cómo ver la manipulación en los ojos de un hombre que todo lo que hace es porque se preocupa por ti, en la sonrisa de alguien que está contento porque has tomado la mejor decisión que podías tomar, la que él te ha aconsejado, o en las palabras de alguien que te dice que lo que hace es porque te quiere? ¿No suena claro? Pues viviéndolo día tras día, no. Pero lo único que había que hacer es abrir los ojos, recapacitar y pensar en cada situación vivida, y así, darse cuenta de que, de todo eso, nada debería ser lo normal, y nadie tiene por qué aguantar algo que no quiere en su vida. No debería dejarse pasar, alguien así, con unos ideales tan claros no cambiaría jamás, y Paula no era psicóloga para hacerle ser otra persona diferente, no merecía la pena quedarse, pero le costó verlo.

No le preocupaba lo que aquella mujer le había dicho respecto a ella, al fin y al cabo, había aguantado mucho, sí, pero consiguió dar el paso, salir de esa jaula que tan encerrada la tenía y liberarse para seguir disfrutando de lo mucho que le quedaba aún por vivir, para todo había una solución y ella la encontraría, estaba segura de ello. Pero una cosa era lo que le tocaba a ella y otra muy diferente era si se involucraba a Leire. Era ahí cuando Paula no era débil, ni comprensiva, podríamos decir que ni siquiera humana. Sacaba todas las garras como si fuese un animal y luchaba en un duelo de vida o muerte, en el que no estaba dispuesta a morir. A una buena madre, es mejor no enfadarla.

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