Un recuerdo inmortal

No era una sensación de tristeza. Entendía que esas cosas pasaban todos los días, que era la rutina de esta vida: naces, creces, te reproduces y mueres. Nos lo enseñan desde pequeños para que nuestro cerebro vaya asimilándolo poco a poco, para poder estar lo más preparado cuando ocurra por primera vez.

No, Paula no sentía tristeza, pero sí añoranza. Ya habían pasado cinco años desde aquel día. Un día que tenía que llegar más temprano que tarde, pero que nadie quería reconocer que acabaría llegando, como si los abuelos fuesen las únicas personas eternas en este mundo, pero no, ellos también se van.

No era hoy un día diferente, cada día la tenía en mente, aunque se daba cuenta de que su silueta cada vez era más borrosa. Nadie quería sacar el tema, se había convertido en una especie de tabú, pero a Paula le daba igual, seguía nombrándola cada vez que ocurría algo que solía hacer ella o le recordaba por algo en particular a la alocada de su abuela. No quería olvidarla, quería vivir con sus recuerdos, protegiéndola en su cabeza. Sólo así seguiría viva con ella para siempre.

Paula no creía en el más allá, en el cielo y el infierno, ni en la reencarnación. Ella pensaba que una vez que te vas, te vas, y te vas para no volver más, para dejar que otros tengan la oportunidad de vivir también. Así que no tenía esperanza alguna cuando se ponía a escribir, o a hablar sola, de que alguien la escuchase, pero eso no quitaba de que siguiese haciéndolo.

Aún recordaba una de las últimas frases que le dijo: “hay tiempo para todo, no tienes por qué adelantarte, y si algo va mal, si hay algo que tienes y no lo quieres, no lo aguantes, vete. No estés donde no quieras estar”. Ahora, Paula, cada decisión que tomaba lo hacía en torno a ese consejo y, podría haber perdido muchas cosas, pero sin duda alguna era más feliz y alegre que antes, gracias a la sinceridad en los consejos de su abuela.

No pudo despedirse de ella, no pudo estar ahí en ese momento, y a día de hoy no se lo perdona, no se le va la sensación de haber podido hacer más por agarrarle la mano por última vez. Cuando quiso ir ya era tarde, su mano ya estaba fría y su alma había cerrado los ojos, para no abrirlos ya más.

No era una chica que mostrara sus sentimientos a la gente, era más de guardarlo para ella, y de ir sacándolo todo poco a poco a través de las letras.

Nostalgia, el sentimiento más destructivo que el ser humano puede sentir. Poder ser capaz de dar cualquier cosa sólo por volver a ver a alguien diez minutos más, por poder sentir una vez más el calor de unos brazos tras la espalda, y saber, que por más que se desee, nada se puede hacer. Porque sí, las cosas imposibles existen, y esa era una de ellas.

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