La llamada

Paula volvía de noche a casa. Había salido a dar un paseo, hoy no era un buen día. Estaba cabreada, enfadada con el universo. Había surgido algo, quizá una tontería, quizá algo con cierta importancia, pero Paula se lo había tomado como algo personal, y ahora necesitaba respirar.

Fue a airearse, mover las piernas y caminar, andar durante horas sin la necesidad de pensar en una ruta que seguir, simplemente pensaba en caminar. Habló a su padre, habló a sus amigas, incluso habló a Luis. Quería estallar y así lo hizo, sin importarle lo loca que pudiese parecer. Aún Luis no conocía esa cara de ella, pero la tenía, así que, ¿por qué no hoy? Paula era alegre pero nadie era perfecto.

Y ocurrió. Lo que menos hubiese imaginado Paula, ocurrió. No porque no le viese capaz, simplemente porque no había pensado en que hubiese una reacción. Ella sólo quería desahogarse con todo el mundo, ella sólo quería apagar el fuego que había en ella.

Estaba escuchando música con sus cascos mientras andaba, y la música se paró. Alguien la estaba llamando. Esperaba que fuese importante, porque como le estuviesen llamando de alguna compañía de seguros… pobres, habrían elegido el peor momento para hacer esa llamada.

-A ver¿qué te pasa, fierecilla?

-¿Luis?

-Jajaja, ¿te sorprende? ¿Es que aún no tienes guardado mi teléfono?

-Sí, claro que sí. Estaba tan en mi mundo que ni lo he mirado.

-Bueno, ya he visto lo que pasa, ya estoy enterado, así que desahógate y hablemos de ello.

Se tiró más de una hora hablando, insultando, demostrándole su enfado y defendiendo su forma de pensar, sin ningún miramiento de lo que pensase él. Luis la calmaba, le daba motivos por los que su enfado era razonable y motivos por los que el estar enfadada no le iba a servir de nada. Más de una hora escuchando a una cotorra quejarse, más de una hora demostrando, una vez más, que estaba ahí.

Cuando colgó, Paula creyó que ya era momento de volver a casa. Se encontraba mucho mejor, seguía creyendo que tenía razones para estar enfadada y que le molestasen esas ciertas cosas, pero ya no estaba tan afectada, había pasado todo a un segundo plano.

Eso, justo eso era lo que ella necesitaba en su vida: que supiesen calmarla. Paula era muy nerviosa, se tomaba ciertas cosas muy enserio y, todo hay que decirlo, cuando se enfadaba le costaba dejar de estarlo, le costaba mucho. ¿Por qué Luis lo hacía todo tan fácil? Y sobre todo, ¿por qué nadie había conseguido eso antes? Pues sí, Luis la estaba ayudando mucho sin él saberlo: a ser feliz, a tomarse la vida de otra forma, a tener otra perspectiva de las cosas. Y no era justo, Paula se dio cuenta en el instante en que colgó. Que no supiese nada del bien que estaba haciendo en ella, no lo era. Hablaría con él, era lo mínimo que podía hacer para agradecerle cada detalle sincero que tenía con ella, porque, al final, los detalles que te salen solos, los que no tienes que planificar, simplemente te salen espontáneamente, son los más sinceros, los mismos que a Paula le salía con él.

-Hola cielo, te veo más tranquila.¿ Has ido a quemar algo, o te has emborrachado o te has fumado algún porro? Esperaba que llegases histérica a casa después de cómo has salido, la verdad.- Su madre siempre tan sincera.

-No, nada de eso. Me ha llamado Luis.

-¡Vaya! ¿Y ha conseguido que la loca de mi hija cabreada, se calme? Cariño, ese chico va a empezar a gustarme a mí más que a ti.

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