Equilibrio

-¿Pero de qué te ríes?-Su madre la miraba perpleja, con la cara de no entender nada. ¿Qué mosca le había picado a Paula? Pues ninguna. No le pasaba nada. Sólo era feliz, sólo sonreía al recordar lo bien que sentaba recibir lo mismo que se da, ni más ni menos.

Sí, aquella sonrisa la causaba Luis desde la distancia. Paula sentía que, por primera vez en su vida, estaba con alguien en equilibrio. No se sentía atascada pero tampoco acelerada.

Había dejado de creer en esos cuentos de hadas que le contaba su madre de pequeña, lo veía todo desde otro punto de vista. No, ya no pensaba que tenía que hacer y aguantar todo por amor, que había que sacrificarse por lo vivido y construido, que tenía que amoldarse a otra persona, que se tenía que dejar de ser dos para empezar a ser uno. No, había estado tremendamente equivocada, eso no iba con ella, eso era lo que la sociedad le había ido inculcando poco a poco, y que ella consiguió quitárselo de su cabeza en un abrir y cerrar de ojos.

Ella no cambiaría, y ya no quería que cambiasen por ella, porque, al final, sólo se modifica temporalmente y era atrasar lo inevitable.

Pues así era, Paula no quería una pareja, al menos no quería lo que esa palabra conllevaba. A Paula le apetecía vivir, y no quedarse con las ganas de hacer algo que quería hacer porque estuviese mal visto. No quería prohibiciones, tampoco obligaciones, no quería mentiras, ni estar todo el santo día preguntándose lo que pasará mañana.

Ella había cambiado, o quizá no Quizá ella siempre pensó de esa forma, pero lo dejaba oculto, escondido en lo más profundo de su alma, para que no pudiese salir, para no ser la rara, la diferente. Ella necesitaba a su gente, a su hija, a sus amigos, a su familia… pero no necesitaba una pareja, estaba muy bien sola, no echaba nada de menos de tener una larga y duradera historia de amor. Y es que, sólo se veía de nuevo metida en una nueva relación por un único motivo: estar mejor que sola. Sí, Paula quería las cosas sencillas y fáciles, cero complicaciones y discusiones absurdas, quería paz, eso es, paz, y, a la vez, quería ser libre. Que nadie le quitase su libertad de elegir y de hacer lo que le diese la gana. Que, si se arrepentía de algo, que fuese por las cosas que sí había hecho, no por las que había dejado pasar aun queriendo hacerlas.

Y entonces, justo en ese instante en que cambió tan radical su forma de pensar, apareció Luis en su vida. Y dejó de preocuparse por la fecha de caducidad, dejó de preocuparse de si le gustarían sus tonterías y sus detalles o parecería una pesada, dejó su trabajo de detective, dejó de creer que cada palabra era mentira o una excusa nueva y dejó de importarle una mierda si gustaba o no. Y empezó a disfrutar de cada momento como si fuese único, empezó a ser ella todo el tiempo, natural, como ella era siempre con sus personas más cercanas, empezó a no callarse nada para no volverse loca hasta explotar: si algo le rondaba la cabeza lo decía. Empezó a ser una loca sin tapujos, y empezó a sonreír sin motivo alguno.

Y no necesitaba más. No necesitaba ser la única, tampoco renunciar a otros, no quería un mensaje cada cinco minutos para saber que le hacían caso, prefería que le demostrasen que estaba ahí, sin necesidad de estar presente.

-Nada mamá, sólo recordaba una cosa.

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