Cierra los ojos

Cierra los ojos. Respira hondo y recuerda. Puedes recordar el vaivén de las olas en el mar, la paz de la montaña, o incluso el resumen de la última película que viste en el cine. Puedes recordar lo que quieras pero, ahora que tienes tiempo, piensa realmente qué te apetece más visualizar.

Paula, por ejemplo, sí, echaba de menos una cervecita en un bar, sentarse en un banco del parque, bailar toda la noche o no dormir en casa. Pero, al ver esas imágenes en su cabeza, no veía las sillas de un bar, veía cómo chocaban las cañas antes de beber; no veía una pista de baile, eran las risas de la gente mientras disfrutaban; y, por supuesto, no veía una cama extraña, veía una mano acariciando su cuerpo, veía muchas cosas, incluso hasta en su cabeza se escuchaban los ronquidos.

Lo duro de esta situación no era no poder salir a la calle, no era estar encerrados, no ser libres. Lo más duro de estas prohibiciones era estar alejada de la gente que, día tras día, le hacía la vida más feliz, con una simple sonrisa o un abrazo, con un “yo te entiendo” o “estoy aquí”.

Empezaría a valorar lo que verdaderamente importaba y dejaría de enfadarse por algo que no tenía importancia. Había aprendido a saber qué era lo que realmente quería y a saber disfrutarlo cada segundo.

Nunca volvería a permitirse perder su esencia.

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